miércoles, 24 de septiembre de 2014

ESTOY DE CUMPLEAÑOS: 25 AÑOS EN EL NOTICIERO DE CANAL 9












Hoy es un día especial para mí.
Tan especial como que estoy cumpliendo 25 años en Canal 9, el 25 de septiembre de 2014.
Son 25 años sólo en el noticiero. “Nuevediario” primero, algunos nombres diferentes después y desde hace varios años hasta aquí, “Telenueve”.
Tanto tiempo que pasó y es como si hubiera sido ayer que llegué como un pollo mojado, con mi timidez a flor de piel pero a su vez muchas expectativas.
































Llegué dispuesta a iniciar una etapa nueva en mi vida periodística, la del ingreso nada menos que a la televisión y al noticiero que rompía récords de audiencia con un promedio de más de 38 puntos de rating.
Algo único e irrepetible, por lo menos hasta hoy.
Era el mayor desafío profesional de mi vida.
Venía ya con 11 años de periodista, pero con cierta inestabilidad. Había recorrido redacciones de diarios, revistas y hasta una agencia de noticias. Pero sólo en la última etapa, la de la revista “La Revista”, pude lograr una mayor permanencia.
Fueron cinco años, hasta que apareció el señor Enrique Torres, el cuñado de Andrea Del Boca, quien como lo había hecho dos años antes en la Editorial Perfil, decidió que yo “no debía seguir allí”.
Un tanto errante fue mi vida antes de Canal 9. Pasaba de un lugar a otro, hasta que el mandamás de turno me indicaba la puerta de salida.
Prácticamente vivía de las indemnizaciones. Magras en su mayoría, por el poco tiempo que estaba. Salvo cuando me fui de Editorial Perfil, donde además de la indemnización, le hice un juicio por “daños y perjuicios”, y lo gané.
Ese dinero me ayudó sobre todo para alquilarme un departamento y para dejar de vivir en pensiones. También para mis gastos personales, porque en la revista “Gente”, donde estuve una semana, no me gustó y me fui, y en “Siete Días”, donde sí me sentí a gusto, el sueldo no era demasiado.
Con esos antecedentes, nunca imaginé que iba a durar tanto en Canal 9.
Para mí es increíble haber llegado a las Bodas de Plata, porque no fue fácil. Nada fácil.
Me pasé los 25 años rindiendo pruebas todos los días. Lo sigo haciendo. Y al parecer nadie se dio cuenta hasta ahora que no tengo talento.
Con lo único que cuento es con una enorme voluntad de trabajo, mucha responsabilidad y con saber disfrutar de lo que hago.
Doy gracias a Dios que puedo vivir de lo que me gusta, ya que sé que hay mucha gente que no lo puedo hacer y debe ir todos los días a cumplir con una tarea que le produce desagrado.
Sabía que iba a ser difícil estar dentro de Canal 9 y no como una periodista que iba casi a diario a entrevistar a los artistas y a recabar “chismes de la farándula”.
 Alejandro Romay me iba a pagar el sueldo por mi tarea.
 ¡Guau!.
 Muy fuerte eso de trabajar para “El Zar” de la televisión, un hombre al que muchos, sobre todo los actores a los que les dio trabajo y popularidad, le estaremos siempre agradecidos.
Después de un otoño y un invierno horribles de ese año 1989, donde en principio me echaron de “La Revista”, luego vino la agonía y muerte de mi abuelo materno, el 5 de septiembre, y un novio que se fue con otra, llegó el llamado de Horacio Larrosa, el director de noticias de “Nuevediario”.
Como ya lo conté en otra oportunidad, a Larrosa lo había entrevistado con su hijo Leandro en febrero de ese año para “La Revista”.
 Los presenté como el productor del noticiero más exitoso de la Argentina y a Leandro, en ese entonces con 16 años, como el corredor de Motonáutica más joven del mundo. Era el copiloto de Daniel Scioli.
Fue una nota que le debo y le voy a agradecer toda mi vida a Matu O’Connor, una persona maravillosa, en ese momento jefa de Prensa de Canal 9, quien me conectó con Larrosa.
Ese día de la entrevista, en una lancha en el Delta, con todos los trofeos de Leandro, Horacio, a quien le había gustado mi producción, me preguntó si me gustaría trabajar en televisión. Le respondí que “me encantaría”.
Mi pidió el teléfono porque era posible que me llamara.
Yo lo sentí como un cumplido. Qué me iba a llamar a mí, una persona sin experiencia en los medios audiovisuales. De modo que me olvidé de la promesa.
Hasta que el jueves 21 de septiembre, me sorprendió la llamada de Graciela, la secretaria de Larrosa, anunciándome que su jefe quería hablarme.
Horacio me recordó la nota con Leandro que tanto le había gustado y luego me dijo que había una vacante en producción de “Nuevediario” y si estaba dispuesta a aceptarla.
No le dije que no tenía trabajo. Simplemente le respondí que “sí” y le agradecí que se acordara de mí. Me pidió que fuera a verlo al día siguiente.
Todo fue muy rápido.
Me presentó a los que iban a ser mis compañeros, que me miraban extrañados porque no sabían quién era yo y cuánto peligro podía representar para ellos.
Y después me envió a Personal para llenar todos los papeles, porque el lunes 25 iba a empezar a trabajar como personal fijo en Canal 9.
Llegué en un momento de mucho jolgorio en el noticiero, porque la semana anterior había salido una nota en la revista “Gente”, escrita por Marcela Tauro, donde se destacaba el éxito de “Nuevediario” y cómo trabajaban todos en la producción para conseguirlo.
Mis nuevos compañeros estaban encantados con aparecer en las fotos de la revista.
Lo que primero me llamó la atención era el lugar tan pequeño e incómodo que tenía uno de los programas estrella de Canal 9.
Más que una oficina era un altillo, en un primer piso cerca del patio, con una mesa en el medio, donde estaban los teléfonos y donde estábamos todos apretujados. Y detrás, estaba la oficina de Larrosa, donde estaba el único televisor que tenía el noticiero.
Es decir, que cuando había algo importante, como los partidos de Argentina en el Mundial, todos nos amontonábamos a verlos con él.
En ese espacio reducido, codo con codo, y soportando el humo de los fumadores, ya que todavía Romay no había impuesto la prohibición de fumar en el interior del canal, atendíamos las denuncias de la gente, que luego iban a ser las notas exclusivas con las que rompíamos el molde.
Porque los demás canales se prendían a nuestras notas.
Tuvo que pasar bastante tiempo para que nos mudaran a una oficina más cómoda.
El trabajo era muy duro, porque tuve que aprender sobre la marcha cómo actuar para no desentonar con esta gente con tanta experiencia.
Al principio, Larrosa me dijo que eligiera yo la hora que quería entrar, pero me sugirió que fuera alrededor de las 9.
Creo que sólo el primer día entré a esa hora, porque me di cuenta que para estar a tono con el éxito y con mis compañeros, que lo hacían más temprano, entré el martes a las 8 y después empecé a hacerlo a las 7.
En esa época sólo había dos noticieros, el del mediodía y el de la noche. Y para que fuera diferente a los demás, había que dedicarle bastante tiempo.
Se sabía la hora que se entraba, pero nunca la de salida.
Horacio no te pedía que te quedes hasta las 21, cuando terminaba el noticiero de la noche. Podías irte a las 18 o 19, si lo que te habían encargado, estaba hecho. Pero cuando había notas que llegaban a último momento y eran de mi responsabilidad, no me movía hasta que salieran al aire.
Virginia Quijada era la encargada de las notas que venían, vía coaxil, desde el interior. Pero ella odiaba esa tarea. Prefería quedarse en la mesa, con los teléfonos y compartiendo charlas con los otros productores.
Por eso, lo primero que hizo fue enseñarme el trabajo a mí para sacárselo de encima.
Me puso en contacto con los corresponsales, en su mayoría, los canales que Romay tenía en el interior. También con la gente de Servicios Especiales de ENTEL, que luego pasaron a ser Telefónica y Telecom, tras las privatizaciones, y eran los que nos vendían los horarios para recibir los distintos envíos.
Y por último, me llevó al Control Central con un U-Matic, para grabar el material, que luego debía acercar a edición para que se edite como nota.
Por ser del interior, no me costó aprender y ponerme en sintonía con lo que quería Larrosa: muchos incidentes, escándalos, crímenes, cataclismos naturales y todo aquello que hiciera ruido y despertara la atención de los televidentes.
Horacio llegó a llamarme en algún momento “ministra del Interior”, porque trataba de que no se me escapara nada de lo que sucedía en las provincias y eso que no había internet.
A los corresponsales que había, mi jefe me autorizó a contratar más gente en los lugares estratégicos. Por ejemplo, en Jujuy, donde había un gran conflicto social liderado por el “Perro Santillán”. Y en Neuquén, donde tampoco faltaban los problemas, sobre todo en el sector docente.
Así se sumaron respectivamente Pablo Ponce, quien luego abandonó para asumir un cargo político y los Martínez, Osvaldo y Susana, padre e hija.
Tanto a ellos como a los que estaban y los que se fueron sumando, los entrené desde Buenos Aires, para lograr las mejores coberturas. Y lo lograron.
Me hice amiga de los corresponsales. Lo único que les pedía era que cumplieran con su trabajo, que yo me encargaba de defender sus intereses en el canal.
Hasta que me sacaron de ese puesto, los hice ganar dinero, que no era más que lo que les correspondía. Y cuando a veces hablamos por teléfono, siempre me lo recuerdan.
Necesitaría escribir un libro para contar lo vivido, disfrutado y sufrido en 25 años de labor ininterrumpida.






































Vi pasar la historia de la Argentina: desde Carlos Menem a Cristina Kirchner.
Y en lo referente al noticiero, que cambió tantas veces de gerente, vi pasar a varios profesionales. Algunos que se fueron, siguieron creciendo en otros medios. Otros se quedaron en el olvido, porque en su mayoría, decidieron alejarse de la locura de la televisión.
Vi la llegada de Gillermo Andino, “Guille Bonito”, como lo bauticé, quien sólo tenía la corta experiencia en Canal 13, tras la muerte de su papá, Ramón, un gran profesional.
A Guille como a su hermana, Marisa, que vino años después, y actualmente conduce las ediciones del Mediodía y la Central, los conocía por las notas que les había hecho en familia a su padre.
Para él, tan chiquito, que venía un poco asustado, fue un alivio ver en mí a una “cara conocida.
Guille fue elegido para hacer una dupla joven y linda con Mabel Marchesini, una cordobesa que Romay y Larrosa descubrieron en una brillante cobertura que hizo en un canal local, de una masacre en su ciudad, Río Cuarto.
La pareja pegó fuerte en “Nuevediario”. El televidente los adoptó.
Siempre fue admirable el talento, tanto de Romay como de Larrosa, para sacar figuras de la galera. Así como Romay “inventó” a Raúl Taibo, Natalia Oreiro, Carolina Papaleo, Daniel Fanego, Luisa Kuliok, Gabriel Corrado, Marco Estell y una cantidad interminable de actores, Larrosa lo hizo en el rubro periodístico.
Corzo Gómez una vez golpeó con su mano en el escritorio, como la respuesta de la gente fue inmediata, de allí le pidió que lo siguiera haciendo para darle énfasis a su defensa de los jubilados.
A José De Zer lo convirtió en la estrella del noticiero.
A él se le encargaban los mejores reportajes, como en el caso de Carlos Monzón, en prisión, tras la muerte de Alicia Muñiz. Y también lo puso al frente de las historias fantásticas de OVNIS, gnomos, fantasmas, que él mismo terminaba creyéndolas verdaderas.
Chicho Verdi, con sus relatos, hizo de la Motonáutica un deporte conocido. Chicho relataba como si estuviera a bordo de otra lancha, pero lo hacía sobre las imágenes, en el canal.
Hasta que una cruel enfermedad lo llevó a la muerte, también se destacó como periodista de Policiales. Se hacía amigo de los comisarios y los acompañaba a los operativos.
Otro personaje de Policiales era Julio César Caram, que cuando los policías trasladaban a los delincuentes, les acercaba el micrófono para obligarlos a confesar “por qué habían matado a tal o cual persona”. Los “chorros” lo odiaban.
También Cristina Pérez surgió en Canal 9.
Llegó de Tucumán siendo una “nena” de 18 años. Y no fue Romay, tucumano como ella, quien la trajo, tal cual muchos creen.
La intrépida Cristina se largó sola para hacer una prueba en Canal 9, porque desde los 14 años venía conduciendo un noticiero en Tucumán y quería crecer en Buenos Aires. Y le fue más que bien.
Sin embargo, su primera gran nota en el exterior, no la pudo hacer.
En 1993 hubo un trágico accidente con jubilados argentinos en Brasil y Larrosa decidió que viajara ella. Pero como era menor de edad y no tenía a sus padres cerca para que autorizaran su salida del país, tuvo que quedarse. En su lugar, Horacio envió al productor ejecutivo, Gustavo Siegrist.

También vi el ingreso de quien es hoy mi gran amigo, Guillermo Ferro.
Luego de una cola interminable, porque buscaban a columnistas deportivos, Chiche, que tenía el pelo largo y se hacía una colita, fue uno de los elegidos con Daniel Fernández, Guillermo Favale, Eduardo Bolaños, Fernando Salceda y Javier Tabárez, todos periodistas que hoy triunfan en noticieros, radios y programas deportivos.
Con el tiempo, los fueron despidiendo y el único que se salvó fue mi amigo, el gran creador de “las perlitas del fútbol”, un clásico en el noticiero.

Daniel Navarro, conductor indiscutido de “Telenueve a la Mañana”, va a cumplir también 25 años en el canal, pero recién en diciembre.
Ingresó como ayudante de cámara.
Era un chico muy tímido, que nadie podía imaginar que se iba a animar a estar frente a las cámaras. Pero a la par de su trabajo en la calle, comenzó a estudiar Locución y le puso tanto empeño, que cuando fue a hacer notas y luego cuando asumió como conductor, nos sorprendió a todos por su profesionalismo.
Graciela, la secretaria de Larrosa, se fue un día, y en su lugar ingresó Antonieta Lufrano, Antonia, o simplemente “La Tana”, una divina, buena amiga, divertida, con la que pasé momentos memorables de carcajadas y confesiones.
A estas fiestas de risas se sumaba Pedro Talarico, conocido como Manuel Calderón, cuando asumía el rol de cantante.
Con Pedro, también inventamos los mediodías de relajación.
Después del noticiero, nos encerrábamos con todos los que quisieran participar, en el control de “Nuevediario”, a bailar “La gota fría”, de Carlos Vives.
Mientras tanto, Rodolfo Bebán y Gerardo Romano, que hacían “El precio del poder” en Canal 9, trataban de espiar por la ventanita del control, para saber a qué se debía tanto bochinche.
Otro que trajo un método de relajación para aliviar las tensiones del noticiero, fue Luís Grimaldi. Aunque esto sucedió mucho tiempo después.
Luís, después de entrevistar a una especie de “Guazón” por su boca grande y abierta de par en par, trajo la Risoterapia.
Nos encerrábamos en una oficina a reírnos a carcajadas. De nada en especial. Pero lo hacíamos para liberar endorfinas. Y doy fe que daba resultado.
Cuando Larrosa se fue del noticiero, nunca supe el porqué, Gustavo Siegrist, su mano derecha, decidió irse por su cuenta, en lo que considero una de las mayores muestras de lealtad de la que tengo conocimiento.
Ya en esa época, con Gustavo habíamos logrado limar asperezas. Porque al principio la relación había sido muy tensa.
Como llegué de la mano de Larrosa, tal vez él temía que yo me quedara con su puesto.
Cuando se dio cuenta que nunca fue ese mi objetivo, comenzó a valorarme como persona y como profesional.
También fue inmejorable mi trato con él, cuando estuvo unos meses entre fines del año pasado y principios de este, a cargo de la gerencia de “Telenueve”. Siempre habló maravillas de mí y se lo agradezco enormemente.
Después de Horacio, nada fue igual en el noticiero.
Empezaron los tiempos de zozobra, donde no se sabía si ibas a ser la próxima cabeza por caer.
Yo creo que me salvé por haber estado en Satélite.
Como era un lugar que nadie quería, la única que sabía hacerlo era yo. En consecuencia, mi tarea era necesaria.
Siempre había algún acontecimiento en el interior al que había que cubrir. Y yo estaba siempre atenta para conseguir el material.
Hasta tanto consiguiera un gerente de noticias experimentado, Romay decidió poner a cargo del noticiero al jefe de personal, que dicho sea de paso, no tenía idea de nada del rubro periodístico.
Yo tuve un conflicto con Adrián Amenábar, que por poco me cuesta el puesto.
Un día necesitaba irme más temprano, no recuerdo el motivo. Pero debe haber sido importante, de lo contrario no me iba.
Justo en el momento que estaba por salir, me pidió una nota, le dije que “no podía”, porque “tenía que irme”. No me dijo nada y me dejó que me marchara. Sin embargo, a partir del día siguiente, me quitó todas las horas extras como castigo.
No sé cuánto tiempo tenía previsto afectar mi economía. Pero un hecho de sangre que afectó a un compañero del noticiero, hizo que todo volviera a la normalidad en menos de una semana.



En mayo de 1997, había un violador que tenía en jaque a las mujeres de una zona de José León Suárez, y yo, que estaba en la mesa, lo mandé a Guillermo Galván con Graciana, la cronista, a cubrir la nota.
En medio de la entrevista con el comisario, frente a la Comisaría, a un policía, que estaba en el interior de la dependencia, se le escapó un tiro y fue a darle en el tórax a Galván.
Desde ese instante, el tema del violador quedó de lado. Guillermo se convirtió en el centro de atención de todos los medios.
La noticia del día fue él.
“Crónica” nos prestó las imágenes del momento en que nuestro camarógrafo se tomaba el pecho y sus colegas intentaban ayudarlo. Y a eso le sumamos las imágenes que el propio Galván había alcanzado a filmar, dejando incluso la cámara encendida en el suelo, antes de desplomarse.
Ese día, en que yo me sentía culpable por haberlo enviado a José León Suárez, Amenábar decidió levantarme la pena y volví a tener horas extras.
Después fui con mis compañeros al Hospital donde estaba Guillermo. Y tuvo que ser él mismo quien me tranquilizara y me quitara la responsabilidad por lo sucedido, porque consideraba que había sido una fatalidad.
De todos modos, recién me sentí tranquila, cuando los médicos dijeron que estaba fuera de peligro. Con más de dos décadas de noticiero, hubo varios hechos desgraciados que me provocaron lágrimas, temor y preocupación.
Entre ellos, la muerte de Rodolfo, un ayudante de cámara.
Fue a Rosario a cubrir una carrera de autos, con un camarógrafo y un cronista, que no recuerdo quiénes eran.
En un momento en que se estaban haciendo las pruebas de clasificación, una de las ruedas de un auto voló por los aires y fue a dar a boxes, donde en ese momento se encontraban los periodistas.
Sin posibilidad de reacción, la rueda le dio en la cabeza a Rodolfo y lo mató. Fue terrible.
Otro fue el asalto a Canal 9, en la vieja sede de Gelly y Salguero, el 3 de noviembre de 1995.
Ese día nos tuvieron de rehenes rodeados de granadas, mientras los delincuentes se alzaban con el dinero de los sueldos.
Era la última vez que nos pagaban en el canal, ya que el próximo mes íbamos a cobrar en el banco. Todo hizo suponer que fue una entrega.
Antes que nos encerraran en la oficina de seguridad, yo alcancé a llamar a la Policía.
Hubo un tiroteo en la puerta, cuando los delincuentes se escapaban disfrazados con pelucas, y uno de ellos murió.
Canal 9 fue noticia. Todos los medios vinieron a entrevistarnos.
Cristina Pérez me hizo la nota para el noticiero, por ser una suerte de “heroína”.
También hablé con el “Turco” Sdrech, de Canal 13. Y lo hice con una ingenuidad que me habría podido condenar a la muerte.
Pero a media mañana, nos enteramos de las explosiones en la fábrica militar de Río Tercero, y el robo a Canal 9, quedó en un segundo plano.
Todos pusieron su interés con lo que pasaba en Córdoba. Incluidos, nosotros, que no pudimos asimilar lo que nos había sucedido y desde el bar de al lado, con el teléfono celular de Claudio Rígoli, comencé a llamar a la corresponsal para que se ocupe de cubrir lo ocurrido en Río Tercero.
De alguna manera, la tragedia de Río Tercero, me salvó de una represalia de los cómplices y allegados al delincuente que mataron.
Canal 13 me sacó al mediodía a cara descubierta. Pero a la noche, estaban tan metidos con el caso Río Tercero, que no repitieron mi nota y al día siguiente tampoco.
En nuestro noticiero, salí, pero con el rostro tapado. Y también, como el resto de los noticieros, la tragedia de Río Tercero, ocupó la mayor parte de “Nuevediaro”.
A la gestión de Amenábar, le siguió la de Lucía Suárez.
Venía con seis premios Emmy bajo el brazo de la TV de Estados Unidos, donde había trabajado 20 años en la Cadena NBC. Y los elogios por el programa de investigación, “Edición Plus”, de TELEFE, que luego fue reconocido con un Martín Fierro.
Se instaló con una soberbia repugnante, contagiada a su grupo de colaboradores. Salvo Lana Montalbán, que era amorosa.
En la primera reunión que tuvimos con ella, quedó en evidencia que tantos galardones le quedaban un poco grandes. Al menos en Argentina.
A todos nos fue preguntando cuál era nuestra tarea. Cuando le dije que me ocupaba sobre todo de las notas del interior, me dijo: “el interior no existe”.
No le hice ninguna objeción. Simplemente esperé que la realidad le hiciera abrir los ojos. Y ésto no tardó en producirse.
Al día siguiente hubo unos incidentes muy graves en las calles de la ciudad de Córdoba. Y Lucía no tuvo más remedio que bajar la guardia y pedirme que me comunique con la corresponsal de entonces para que nos envíe toda la cobertura.
Ahí tuvo que aceptar que el “interior sí existía”.
Sin embargo, no se echó atrás con su intención de borrar de un plumazo el “estilo Larrosa”. El estilo del “teatro de la vida”, como lo denominaba Horacio.
Su primera medida, al respecto, fue despedir al locutor Juan José Maderna, porque su voz estaba demasiado identificada con el popular “Nuevediario”.
Me pareció una injusticia, pero nada se podía hacer. Además de muy buen profesional, había sido un gran compañero.
 Pero esas “purgas” de personal sucedieron en todos los cambios de gerente del noticiero.
Eduardo Cura fue el mayor verdugo de los que alguna vez fueron mis compañeros.
Pese a su hablar pausado y apenas audible, despidió en un día a 14 personas, en lo que yo bauticé como “la masacre del noticiero de Canal 9”.
Mientras los “perdonados” seguíamos con nuestras tareas habituales, en la puerta del edificio de Dorrego al 1700, en Colegiales, donde ya nos habíamos mudado, varios compañeros se encontraban con la prohibición de ingresar y eran enviados a entrevistarse, en otro lado, con el abogado de la empresa que les anunciaba las cifras de sus respectivas indemnizaciones.
Un tiempo antes se había incorporado Marcelo Antín, con quien desde el principio tuve buena onda y aún la conservo, pese a que ahora es el gerente de noticias.

Con Cura llegaron Anita Stollavagli, una persona adorable que quiero mucho y una excelente periodista, y Andrea Duplaá, también encantadora y excelente profesional.
En ese tiempo hasta hubo piñas entre dos periodistas con las iniciales M.C. y M.D. en el baño de mujeres, disputándose el amor del señor, que era casado.
Alejandra Maroto, otra de las amigas que me hice en el noticiero, ingresó en su momento como editora, luego pasó a ser archivista y terminó siendo una productora extraordinaria, a quien también Giménez Zapiola premió con el ascenso a redactora.
A Ale le debo haberme acompañado en un momento en que tenía un problema de salud. Y lo hizo por propia voluntad, por lo que su actitud solidaria es por demás meritoria.
Así como cambiamos de gerentes, también el canal pasó a distintos dueños.
Alejandro Romay se lo vendió a un grupo australiano, después fuimos de TELEFONICA, más tarde lo compró Daniel Hadad y por último, hasta el presente, pertenecemos al empresario mexicano Remigio Ángel González González, a quien todavía no tuve el gusto de conocer, y a un grupo de empresarios de Argentina.
Cuando Canal 9 adoptó el nombre de “Azul Televisión”, como si el dueño fuera Cristian Castro, la gerencia de noticias estaba a cargo de Ricardo Cámara.
En esa gestión llegó Emilio Giménez Zapiola, quien fue al principio productor ejecutivo y años más tarde asumió la gerencia de noticias.
Con Emilio tuvimos un punto de encuentro en el amor por los animales. Pero nos enfrentamos por algunas actitudes xenófobas hacia mí “por ser jujeña”, que terminaron cuando lo amenacé con denunciarlo en el INADI.
Pero voy a reconocer y a agradecerle con todo mi corazón, que el año pasado me haya elegido como una de las personas que ascendieron a redactores.
Eso para mí fue muy sorprendente, porque yo me sentía una especie de “Cenicienta”, sin príncipe ni zapatito de cristal. Sólo una “fregona con su zapallo”, a quien se tenía postergada.
También llegó en la misma gestión de Cámara, Norberto Landerreche.
Con el “Vasco”, por tener amigos en común y por estar en la misma sintonía de “divertirnos trabajando”, la pasé muy bien.
Los mejores momentos los teníamos los sábados, ya que él producía los noticieros del fin de semana y ese era el día que me tocaba trabajar a mí.
Sin abandonar nuestras tareas, nos tomábamos algunos minutos para jugar al fútbol y para bailar en la redacción.
“El Vasco” como Talarico, cada uno en su tiempo, fueron los compañeros con los que más me divertí y aún extraño.
Cuando Daniel Hadad compró Canal 9, también trajo a su gente, que distribuyó en lugares estratégicos.
Con algunos me llevé bien, con otros más o menos, y con otros nos ignoramos mutuamente.
Durante ese mandato se produjo la tragedia de Cromañón. Y aunque muy pocos lo hayan advertido, se cometió un error garrafal, por capricho o ignorancia. No lo sé.
Yo acababa de volver de vacaciones y el 31 de diciembre de diciembre de 2004, pocas horas después del incendio en el boliche, me reincorporé a mis tareas.
Como es mi costumbre de levantarme el día anterior para entrar a la madrugada, me sorprendió al ver que todos los canales a la medianoche estaban en vivo en Once. Y en el noticiero de Canal 9, el incendio no existía, pese a la enorme cantidad de víctimas fatales y heridos que había.
No consulté qué es lo que había sucedido.
Venía de estar ausente y por ahí era una nueva directiva.
No era una nueva directiva.
Poco tiempo después me enteré que una persona a cargo había dicho: “Para qué vamos a mandar un móvil a ese boliche lleno de negros de mierda”.
Lo cuento ahora porque el tema prescribió y a nadie se lo va a sancionar por eso.
Después sí, llegó Patricio Malagrino, loco como de costumbre, y empezaron a convocar a todos los cronistas y camarógrafos para que fueran a cubrir notas en el lugar y en los hospitales.

En 2003 se incorporó en el noticiero Alejo Rivera, que había llegado antes al canal, en el año 2000, para la transmisión de los Juegos Olímpicos en Sidney.
En un principio creí que venía con toda la intención de quedarse con el puesto de columnista de Deportes de Chiche Ferro.
Hasta le advertí a mi amigo que se cuidara de él porque me daba la impresión de ser un “Pac –Mac”, dispuesto a “comérselo”.
Pero me equivoqué de aquí a Australia, ya que hablamos de Sidney.
 Alejo no sólo resultó una excelente persona, que apreciaba a Chiche y no pretendía su lugar, sino que nos hicimos muy amigos.
Y esto que cuento, fue él el primero en enterarse y nos reímos siempre de eso.
En 25 años, hay tantos datos, anécdotas, situaciones, nombres, que me quedan afuera.
Pero traté de hacer una síntesis, aunque no se note, de lo más destacado.
Lo bueno y lo malo.
De todos modos, voy a mencionar a grandes rasgos y además de los que ya incluí en mi relato, a los periodistas, conductores, productores, camarógrafos y otros integrantes de la redacción que recuerdo con afecto: Silvia Fernández Barrio, el “Cholo” Lasalle, Juan Carlos Pérez Loizeau, Claudia Cherasco, Karim Cohen, Enrique Moltoni, María Muñoz, Alejandra Higa, Mariana Dahbar, Guadalupe Longar, Mauricio Baratucci, Mónica García Rey, Alicia Schejtman, Heber Abálsamo, Mario D’Andrea, Anamá Ferreyra, Daniel Fernández (pese a nuestra feroz rivalidad por ser él de Boca y yo de River), Jorge Gaetano, Teresita Ferrari, Rolando Vera, Carla Gentile, José De Zer, y tantos más que brindaron su amistad y que aportaron para la historia del noticiero.
De lo malo, traigo a la memoria, haberme enfermado de asma y estar al borde de la muerte, si no me internaban de urgencia.
También cuando me apareció una dureza en un pecho y hasta que no tuve el resultado de la punción, no descarté la posibilidad de un cáncer.
Por ese resultado negativo, decidí hacer un sorteo de 30 premios, entre todo el personal del noticiero, incluida gente de técnica, para “celebrar la vida”.
Fui muy feliz ese día por ver felices y sorprendidos a mis compañeros con sus premios.
La misma felicidad que me produce todos los días, cuando les convido un té, al mediodía.
Otro acontecimiento malo fue cuando un delincuente intentó asaltarme a la madrugada y me clavó un puñal en el brazo. Más allá del susto, que aún conservo desde hace cuatro años, la herida no fue grave.
Fue feo cuando me mandaron a trabajar los domingos, justo el día que yo iba a Misa, y debía quedarme sola toda la mañana en la redacción y soportando el frío del aire acondicionado.
También cuando a principios del año pasado, me hicieron reemplazar al compañero que estaba a la noche.
Debía entrar a las 21 e irme a las 5. Sufría horrores, porque no era lo mismo salir esa hora a la madrugada, que irme.
No podía escribir, que es lo que más amo. Y tampoco aportar las notas que sumo día a día.
Me sentía ignorada, despreciada y castigada, porque fui a la única mujer a quien le tocó hacerlo.
Otro aspecto negativo fueron los desplantes de algunos compañeros que ascendieron “pisando” cabezas y maltratando a quienes los rodeaban.
Aquí me detengo en un compañero (#) que llegó como editor, luego pasó a productor y terminó siendo productor ejecutivo.
Varias veces me discriminó, tratándome de “negra de mierda”. Gratuitamente.
Sólo para hacerme daño.
Hasta que un día me harté.
Pese a que es alto y grandote, un mediodía en que no había casi nadie en la redacción, después de un insulto, me paré delante de él y le hablé desafiante mirándolo a los ojos.
“¿Querés pelear?. Vamos afuera a pelear, porque aquí están las cámaras…”
Se quedó mudo. De todas maneras, si hubiera aceptado el convite, aunque más no fuere, le hubiese dado una patada en los huevos.
Pero eso sí, nunca más me molestó. Tampoco nos reconciliamos, porque jamás me pidió disculpas. Entre lo agradable, elijo a los gatos del canal, tanto los que alimenté cuando estábamos en Gelly, y los que sigo dando de comer en Colegiales.
Esos animales, al igual que los que tengo en casa, son parte de mi vida.
Haber cubierto fútbol los fines de semana, sobre todo en la época dorada del River de los 90’.
Y en la época del Mundial de Francia, en 1998, compartir con mi amigo, el camarógrafo Alejandro Labrone, los partidos con los familiares de algunos jugadores de la Selección Argentina.
Y en el día de la final entre Francia y Brasil, viajar a Lobos para ver el partido con los familiares de David Trezeguet, estrella del equipo azul, pero en definitiva, un francés con corazón argentino.
Las pocas fiestas que pude compartir con mis compañeros y acompañar al equipo del noticiero en el campeonato interno de fútbol del canal, en 2004 y 2005.
Me autoproclamé la aguatera del plantel y apoyé el “talento” en la cancha de, entre otros, mis amigos Chiche Ferro, Alejo Rivera y Claudio Rígoli.
Lo que disfruto también es cuando las notas que traigo de mi búsqueda nocturna en casa, se convierten en casos importantes de uno o más días.Por ejemplo, el caso de Paola Acosta y su beba, cuando habían desaparecido en Córdoba.

Así llego a los 25 años en el noticiero.
Con el mismo entusiasmo, la voluntad de trabajo, la cabeza abierta para aprender todos los días algo nuevo y con la humildad de no creerme mejor que nadie.
El día que deje de actuar de esa manera, es porque me volví “gagá”. Y renuncio.
Gracias a Dios, a mi familia y amigos, que descuidé por el trabajo, y a todos los que me dieron una mano para llegar a donde estoy.
Le pido prestada la frase a Gustavo Cerati…¡Gracias, totales…!!!

(#) Aclaro que retiré el nombre de la persona, a pedido suyo, ya que afectaba su trabajo actual. No está en mí hacerle daño a nadie. Sólo conté la verdad, pero si a alguien le afecta, que me lo haga saber...

2 comentarios:

Sergio dijo...

FELICITACIONES!,y un recuerdo para la LULI que provino de aquellos lares!.

macarena dijo...

yayi me gusto mucho tu reseña de tus 25 años, fue un placer trabajar con vos y con todas las personas que nombras..Brindo por tus 25 y mas, levanto mi copa por lo buena persona y gran profesional que sos. Vamos por mas felicitaciones y todo lo mejor!!!
pd: el cámara que estuvo con Rossi fue el chango torres!
juan carlos escobar!!!