sábado, 8 de julio de 2017

LANDRÚ, EL HOMBRE QUE ANTICIPABA LA RISA DE SUS CHISTES

Juan Carlos Colombres, el humorista y dibujante conocido como Landrú y autor de célebres personajes como el gato de la eterna sonrisa, "Tía Vicenta", "El Señor Porcel" y "El Señor Cateura", entre otras creaciones sobre las características de los argentinos, murió a los 94 años el 6 de julio de 2017.
Esto me trajo el recuerdo de la primera y única vez que lo vi en mi vida, pero que me dejó una imagen inolvidable.
Cuando estudiaba Periodismo en el Círculo de la Prensa, allá por finales de los '70 y comienzos de los '80, uno de nuestros profesores, que no recuerdo su nombre, nos llevó un día a visitar la redacción del diario Clarín.
Íbamos recorriendo el lugar, mientras el profesor, que trabajaba allí, nos presentaba a cada uno de los redactores, cuya imagen no conocíamos, pero sí la pluma de algunos, que era muy buena y para imitar.
Hasta que de lejos vimos a un hombre en su escritorio que se reía solo e incluso a carcajadas.
De inmediato quisimos saber de quién se trataba, ya que no creíamos que en ese diario tuvieran a un desquiciado entre sus empleados.
El profesor, que lo conocía, también se rió cuando lo descubrimos.
Entonces nos aclaró que era común que eso sucediera porque Landrú, ya que de él se trataba, se reía de sus propios chistes.
Fuimos de inmediato a conocerlo, no sólo porque todos conocíamos sus maravillosas creaciones, aunque no su rostro, sino porque nos pareció un personaje fuera de serie.
Y lo era.
En ese breve encuentro que tuvimos, donde lo felicitamos por su trabajo, le pregunté por qué se reía tanto, cuando todos sus compañeros estaban callados, concentrados en sus escritos.
Su respuesta fue muy breve y contundente: "Si los chistes que hago me hacen reír a mí, también lo harán con la gente que los vea en el diario".
Eso fue suficiente para pintarlo cómo era ese hombre.
También para que cada vez que veía un chiste suyo que me hacía reír, me lo imaginaba a él, llenando de sonido con sus carcajadas la redacción del diario.
A Dios seguramente lo estará haciendo reír.
Que en paz descanse.

jueves, 9 de marzo de 2017

A UN AÑO DEL QUIEBRE FÍSICO Y EN LA VIDA MISMA

Hoy se cumple un año del día que me fracturé por primera vez en mi vida.
Un quiebre físico y en mi propia vida.
En cuanto a lo físico, me caí para atrás cuando quise abrir un contenedor de basura y me resbalé al pisar en un segundo intento la palanca que por ese entonces tenían los tachos gigantes de residuos en la ciudad de Buenos Aires.
En esa madrugada del 10 de marzo de 2016, cuando iba a trabajar a Canal 9, sufrí la fractura de cúbito y radio de la mano derecha.
Para hacerlo más claro, me quebré la muñeca.
Y ese fue el comienzo de una odisea de tres meses, donde a pesar de todo, de la impotencia, de no poder trabajar y tampoco viajar, cuando me faltaban pocos días para irme a Jujuy de vacaciones, pude rescatar algo positivo.
La fractura, que incluyó una cirugía en el Hospital Británico y dos meses de rehabilitación en la A.R.T., me obligó a parar la pelota de trabajar sin descanso, para pensar que hay otra vida.
Yo no trabajaba para vivir. Yo vivía para trabajar.
Y aunque lo reconocí en ese momento, a esta altura, creo que no escarmiento.
Además de ir varias veces al médico y de estar obligada de lunes a viernes, a asistir a la rehabilitación, tuve mucho tiempo para leer y para escuchar radio.
Fue también un tiempo de aprendizaje de la realidad.
No la que vendían algunos medios.
La verdadera, la que veía desde la ventanilla de los remises que me llevaban de ida y de vuelta del escenario de gente con las extremidades dañadas.
Y la de caminar la calle con mi cabestrillo a cuestas.
Después de leer varios libros, como el tantos años postergado, "Las venas abiertas de América Latina", de Eduardo Galeano, la cabeza se me partió en mil pedazos.
Me volví muy crítica de las injusticias hacia los que menos tienen, al extremo que mi mamá me decía: "Vos no eras así".
Y es verdad, yo no era así.
Pero más que nada porque era una ignorante que vivía en mi propio mundo.
Una ignorante que no fijaba la vista en otros que realmente la pasaban pésimo.
Cuando pude ver y estudiar ese otro mundo, oculto para mí, que sin embargo era parte de la historia de mi país, encontré los motivos suficientes para saber a qué valía la pena apostar.
Además de esa revolucionaria de entrecasa que nació en mí, Dios me regaló la posibilidad aún más importante como la de compartir 15 días con mi hermano Jaño.
El mismo que el 31 de julio, sólo cuatro meses después, nos dejó a todos los que lo queríamos, llorando su inesperada y lamentable partida.
Cuando miro sus retratos, que están a la vista en mi casa, pienso que todo estaba digitado para tener el privilegio de ser la última de la familia, más allá de María Luisa, su mujer, que tuviera la oportunidad de compartir varias horas con él.
Ni siquiera mi mamá tuvo esa suerte.
Tampoco mi papá y menos aún mi hermano Ángel, con quien hacía más de 20 años que no se veían, porque al vivir en provincias distantes, no tenían la posibilidad de encontrarse.
Cuando el traumatólogo Alejandro Tedeschi, del Hospital Británico, una eminencia en lo suyo, me dijo que había que operar sí o sí porque estaba soldando mal la fractura, no se me ocurrió otra persona para llamar para que me acompañe que mi hermanito.
Me costó pedir ayuda, ya que soy de esas personas que no acostumbra a molestar a nadie con sus problemas personales.
Cuando lo hago es porque es absolutamente necesario.
Y en este caso lo era.
Mi tía Teresa, que en otro momento que estuve mal de salud, me acompañó y siempre le estaré agradecida, esta vez no iba a poder hacerlo porque era muy mayor.
Tampoco mi mamá, también mayor y viviendo muy lejos.
Lo mismo mi hermano Ángel, con su cargo en una escuela de Neuquén y con una familia para atender.
Jaño entonces era el ideal.
Su trabajo de artesano lo podía hacer en cualquier lado, siempre y cuando tuviera las herramientas.
Le ofrecí el dinero suficiente para viajar y para comprar sus materiales de trabajo, y además de cuidarme en el postoperatorio, todo el tiempo para dedicarse a lo suyo.
Yo no estaba bien de ánimo, todo lo contrario.
Pero él me hacía reír con sus chistes, sus frases y términos originales.
La pasamos de manera maravillosa juntos.
Hablábamos de todo y nos habíamos vuelto muy compinches.
Como nunca antes.
Íbamos al supermercado y yo lo dejaba que eligiera los ingredientes de los platos que él cocinaba con un entusiasmo envidiable y que le salían muy ricos.
Nunca me olvidaré de sus deliciosos zapallitos rellenos, que cocinó con una dedicación suprema y con tanto amor.
De sólo acordarme, se me llenan los ojos de lágrimas.
Mi hermano adoraba las piedras.
Las compraba para las pulseras, collares y todas las obras de arte, que eran en definitiva sus creaciones.
Otras veces, cuando venía a Buenos Aires a comprar materiales, y se empeñaba en mostrarme las piedras que había comprado, yo casi no le prestaba atención porque no tenía demasiado tiempo.
Pero en esa oportunidad, sí tenía tiempo para escucharlo cuando me explicaba las cualidades de cada una.
Hace poco, cuando anduve por el barrio de Once, donde él compraba su mercadería, pasé por un local donde había un montón de piedras en la vidriera y se me ocurrió que tal vez ese era el lugar donde las compraba.
Y no pude evitar que una lágrima rodara por mi mejilla.
Conservo el rosario que me hizo en pocos minutos y que utilizo para rezar todos los domingos en Misa.
Son numerosas las cosas que me traen la imagen de mi hermano, tan gracioso, tan ocurrente y tan generoso, y que me provocan un nudo en la garganta.
Recuerdo que mirábamos televisión juntos y alguna que otra película.
Y aunque teníamos diferencias políticas, nos respetábamos a la hora de conversar sobre el tema.
Si yo no me hubiera fracturado y menos aún, si no hubieran tenido que operarme, seguramente no lo hubiese visto y me habría perdido la oportunidad de estar un tiempo junto a mi hermanito querido.
Los últimos tiempos de su vida en la tierra.
Cuando se quejaba del dolor de espaldas, yo le decía que fuera al médico, pero siempre se negaba.
De todos modos, no podía saber que lo que tenía era un tumor que a la larga iba a terminar con su vida.
Yo le echaba la culpa a la mochila pesada que cargaba en su espalda y que podía partir por la mitad a cualquiera.
Cómo hacía, me preguntaba, para aguantar tanto peso. Y lo hacía a fuerza de una voluntad inquebrantable y por supuesto, de los calmantes.
Recuerdo el día que se marchó.
Llovía a cántaros y no podía conseguir un taxi para ir a Aeroparque.
Hasta que, luego de abrazarnos y darnos un beso en cada mejilla, y de agradecerle todo lo que había hecho por mí, lo vi partir con su mochila enorme.
Iba mojándose bajo la lluvia, mientras se dirigía a la esquina de casa, donde finalmente consiguió el taxi.
Fue la última vez que lo vi caminando, como si estuviera bien, aunque de verdad no lo estaba.
La próxima fue en julio, cuando lo encontré en una cama del hospital de Río Gallegos, a pocos días de irse definitivamente.
Por eso creo que, a pesar de todo lo malo que significó esa pausa obligada en mi vida, la presencia de mi querido Jaño fue lo mejor que Dios me regaló.

miércoles, 15 de febrero de 2017

LA CHARLA MAURICIO MACRI - DONALD TRUMP DE LA QUE NI CLARÍN TUVO ACCESO


Todo es suposición, por las dudas intenten citarme a Comodoro Py.
Pero quién te dice que no es la pura realidad.
Algunas verdades hay, pero mezcladas.
Por un lado, Mauricio Macri y del otro lado del telefóno, su ¿ex? amigo Donald Trump.
Dos compañeros de jodas que llegaron muy lejos, mal que nos pese...

Supuesto diálogo telefónico que entre Mauricio Macri y Donald Trump:
-Hola, Donald, ¿cómo estás?
- Bien, aquí dominando al mundo como siempre lo soñé. ¿Y vos?
- Muy bien, con muchas denuncias, pero tengo un grupo excelente que me defiende más que mí mismo, y creo que voy a zafar. A propósito, te quiero agradecer que me hayas concedido esta charla. Fuimos tan amigos en el pasado. Salíamos de putas en Buenos Aires y Punta del Este, y no había quién nos pare...Pero todo se rompió, lamentablemente.
 -Sí, por culpa de ese viejo cabrón y tramposo que tenés, que me cagó el hotel que yo iba a tener en Misiones...
- Pero eso ya es parte del pasado, ahora sos presidente de Estados Unidos, el sueño americano hecho realidad...
- Pero yo no me olvido, yo aspiraba a ser dueño algún día de las Cataratas de Iguazú...
- Es patrimonio de la humanidad...
- Donde Donald pone la tarasca, es de Donald...¿por qué me llamaste?. Es la hora del té con mi hija Ivanka y mis nietos, así que apurate...
- Quería que nuestros países hicieran negocios...
- ¿Nuestros países o nuestras empresas?
- Bueno, es lo mismo, yo manejo a la Argentina como si fuera una empresa.
- En eso pensamos igual, pero, ¿qué tipo de negocios?
- Por empezar, aceptar otra vez los limones tucumanos y después pueden ser vinos, los ponchos de llama que me manda el gobernador Morales de una provincia del norte llamada Jujuy...a Gabriela Michetti para lanzarla como cantante en Nueva York, ¿no viste lo bien que interpreta "No me arrepiento de este amor", de Gilda...Eso...
- ¿Quién es Gilda? ¿Y quién es Michetti?. No sé, dejame pensarlo y te llamo el año que viene...
 - ¿Recién el año que viene?
- ¿Y acaso vos no te pasás pateando las promesas para más adelante?. En eso somos iguales.
- ¿Ya me cortás? Si apenas hablamos 5 minutos. Después la abogada exitosa de la pesada herencia va a decir que a ella las personalidades le dan más tiempo, como el Papa...No podés cortarme así, somos amigos...
- ¿De qué más querés hablar? ¿Del cabaret de Boca? Y a mí qué me importa.
- Hay muchos temas para tratar...
- No me interesa.
- Sugerime algo para cuando me pregunten de qué hablamos.
- Deciles que te invité a la Casa Blanca, eso queda muy bien para la tapa de los diarios.
- ¿Me estás invitando, de verdad?, con lo que me gusta viajar...y descansar...
- Sí, dale venite un par de días, hacemos como que tratamos temas importantes y en su lugar recordamos anécdotas del pasado.
- Buenísimo, ya le digo a Juliana que prepare las valijas.
- Sí, traela a Juliana (está fuerte la morocha) y a Antonia para que juegue con mis nietos. Bueno, ahora a despedirnos, by, by, querido amigo...Y lo de las putas, no me olvido, ¿podríamos repetirlo algún día sin que nuestras mujeres se enteren?...je, je, je...

viernes, 11 de noviembre de 2016

MIS MICHIS DE LA MADRUGADA


Todas las madrugadas, antes de entrar a trabajar en el noticiero de Canal 9, en el barrio porteño de Colegiales, tengo un grupo de gatitos que me espera pacientemente para recibir su ración de alimentos.
En algún momento los llamé "La Cofradía de los Blanquinegros" porque la mayoría tienen ese color. Algunos, ansiosos por comer primero, me salen a recibir frente al Mercado de las Pulgas.
Allí les abro algunos sobrecitos, que varían de acuerdo a la cantidad de gatos.
Otros como la "bombachuda", una gata gordita y peluda, a quien para abreviarle la descripción, la bauticé "Bomby", no sólo me espera frente al Mercado de Pulgas, donde comparte los sobrecitos, siempre y cuando no sean de carne, que no le gustan. Sino que después me acompaña hasta la placita, donde el reparto a los que me esperan, incluye carne vacuna, hígado, granitos, sobrecitos, atún y otros alimentos para gatos.
Esta gata mimosa, con su cola parada, se me va cruzando mientras camino y me va dejando pegados sus pelos en el pantalón.
No importa eso.
Me basta su fidelidad.
No es la única, sin embargo, que integra el séquito que me acompaña hasta la placita.
Cuando paso frente a un predio vacío, frente a Canal 9, comienzan a sumarse otros gatitos.
Algunos eligen encabezar mi caminata o ponerse a mi lado, y otros, sabiendo el lugar donde se realiza el reparto, directamente me esperan allí o corren a recibirme.
Ellos alegran mis mañanas, que últimamente no fueron de las mejores.
Me hacen sentir útil, porque no dejan absolutamente nada de lo que les sirvo.
No sé si salen de día, ya que varias veces que pasé por allí en las horas donde circula la gente, nunca aparecieron.
Tal vez la que les llevo, sea la única comida que ingieren por día.
No lo sé.
Para mí son simplemente los gatitos de la madrugada.
En esa hora y nada más.
Mis compañeros de la penumbra.
Los socios de mi silencio.
Con los años, varios de ellos fueron desapareciendo.
Nunca pude saber cómo terminaron.
Pero de un momento a otro, cada uno dejó de venir a comer.
Otros,en cambio, se fueron sumando.
Estos chiquitos nuevos, todos negritos y ariscos, son los hijos de varias gatas a las que vi y sigo viendo preñadas.
Los comensales se renuevan, como se renueva cada día mi amor por ellos.
Así es mi previa, antes de meterme de lleno a la producción de "Telenueve".
Y les agradezco por hacer que se me dibuje la primera sonrisa de la jornada, antes decirle "Buenos días", al personal de seguridad que me abre la puerta del canal.

domingo, 14 de agosto de 2016

JAÑO, MI HERMANITO QUE AHORA ES UNA ESTRELLA EN EL CIELO

"Usted se cree muy lista".
Esto me lo decía todo el tiempo mi hermanito Jaño cuando estuvo conmigo dos semanas en marzo pasado.
No dudó en venir a cuidarme porque me había quebrado la muñeca derecha y necesitaba que alguien esté a mi lado tras la operación.
Yo le respondía: "Qué voy a ser lista, si lo fuera no me hubiera fracturado de una manera tan tonta". Era nuestra costumbre tratarnos de usted.
Todo el tiempo bromeábamos y aunque mi ánimo no era el mejor, él con su chispa, me hacía reír.
Con Jaño sólo nos tuteábamos cuando nos peleábamos. Pero eso ya no sucedía, por suerte, en los últimos años.
Nos habíamos vuelto muy compinches.
Sé que se marchó en paz, pero no puedo evitar llorar por él.
Es increíble que haya partido tan joven.
Tenía apenas 49 años y era mi hermanito menor.
Darío Oscar, para nosotros y para todos los que lo conocían fue y será por siempre"Jaño", como le puso mi otro hermano Ángel, porque no quería decirle "Cacho" como lo apodaban de chiquito.
El nombre adoptivo "Jaño" fue tan potente y original, que le quedó hasta su último suspiro el 31 de julio de 2016 a las 19.27, en Río Gallegos, Santa Cruz.

Jaño fue el mimado de la familia.
Llegó al mundo el 8 de mayo de 1967, cuando yo tenía 7 años y "Chiquito", como lo apodábamos hasta la adolescencia a mi otro hermano, 4.
Tal vez por eso fue el rebelde.
Un tiro al aire, un loco lindo que vivió a su manera. Sin estructuras ni ataduras. Tanto en su vida personal como en su trabajo como artesano que desarrollaba con un talento admirable.
Recorrió el país de punta a punta y parte de Latinoamérica. Siempre con su mochila, algunas veces liviana y otras muy pesada, sobre su espalda.
En la primera foto estamos en Centro Forestal, la "aldea" en Palpalá, como yo le decía, donde pasamos nuestra infancia.
Y las otras dos son en la casa de mis abuelos maternos en Basavilbaso, Entre Ríos.

Por esa costumbre de estar siempre predispuesto para viajar, Jaño era mi compañero ideal para mis paseos por el norte argentino.
Después que me vine a estudiar y a trabajar a Buenos Aires en 1979, cuando volvía a Jujuy me encantaba ir a la Quebrada de Humahuaca, que para mí era toda una novedad porque nunca antes la había conocido.
Lo máximo que había visitado cuando iba al Secundario era Yala, ya que allí nos llevaban de Retiro Espiritual en el Colegio Nuestra Señora del Huerto.
En una de las veces que fuimos a pasear a Tilcara, Jaño no pudo con su genio y abrazó y besó a la estatua de una india a la que estaba prohibido tocar en el Pucará.
En otra oportunidad fuimos con mi mamá y a la vuelta tuvimos que caminar 5 kilómetros en la ruta nacional 9 cortada por un alud en Maimará.
Recorrimos ese tramo eterno rezando, al lado de un cerro amenazante ante la posibilidad de otro deslave.
De haberse producido, no hubiéramos salido vivos porque del lado izquierdo teníamos un precipicio que terminaba en el Río Grande.




Recuerdo que en otra oportunidad fuimos con Jaño a Purmamarca.
Llegamos muy temprano, cuando el sol recién estaba alumbrando y hacía mucho frío.
Era invierno.
Contemplamos el amanecer con el sol pegando contra los cerros de siete colores.
Ese paisaje maravilloso, único, lo compartí con él.
Después que el sol estuvo en lo alto, el calor se hizo sentir y el paseo se volvió más agradable.
Pasamos una jornada muy divertida.
Con mi hermanito era imposible aburrirse.





Jaño adoraba a los animales.
En eso coincidíamos en un ciento por ciento.
"Birdy" fue su perro en la casa de Palpalá. El amor entre ellos era recíproco. Él lo hacía jugar y el animalito lo buscaba todo el tiempo.
"Birdy" hasta lo espiaba por la ventana cuando lo escuchaba a Jaño hablar en su cuarto.
Mi hermanito tenía en Río Gallegos a "Agitor Lucens V", su gata rubia y mimosa que hoy extraña sus caricias.
Mi querido hermano también se hacía amigo de mis gatos.
De "Cocó", el más mimoso de los míos, mi hermano decía: "Coquito es muy bueno".
A los demás gatos, algunos de los cuales dormían con él cuando venía a Buenos Aires, también los calificaba de "buenos".







































Jaño era líder y amigo de sus amigos.
Son los mismos que hoy, con lágrimas en los ojos, se preguntan: ¿Cómo se pudo ir si era tan joven?. Lo habían visto tan bien cuando estuvo por última vez en Jujuy, hará unos ocho años.
Jañito tenía que ser eterno, para nosotros, su familia, y también para sus amigos, con los que compartió travesuras, aventuras, borracheras y el rock pesado.
Pero se fue y nos dejó el recuerdo de sus bromas, que aún llorando nos dibujan una sonrisa.
Pepe Pedraza fue alguien más que su amigo.
Fue su hermano "adoptivo", su cómplice, su subalterno.
Pepe cuidaba las espaldas de mi hermanito y muchas veces lo salvó de ser atacado por alguna patota.
Su amigo hacía todo lo que hacía Jaño.
Aunque en su casa nadie había tomado la Comunión, con tal de estar cerca de mi hermano, juntos fueron al Catecismo y terminaron juntos tomando la Comunión.
Pepe llegó a ir a trabajar a Río Gallegos, donde mi hermanito no dejaba de invitarlo. Pero se volvió a Jujuy porque no soportaba tanto frío.
Luis Ávila fue otro de sus amigos entrañables.
Con él compartieron las aventuras más divertidas, en las que incluso tomaron al propio Pepe y a su familia como sus víctimas.
Hay tantas anécdotas juntos que podrían haber escrito un libro o un libreto para una comedia.
Mi mamá me contó que a las 6 de la tarde llegaba Luis para buscarlo y juntos se preguntaban: ¿Qué vamos a hacer esta noche?. Y de esas mentes ingeniosas salían las travesuras más desopilantes.
En la época de la Dictadura Cívico-militar, donde ser comunista era motivo suficiente para ser detenido y desaparecido, estos atorrantes pegaban carteles en los postes de luz donde invitaban a "una reunión Comunista" en la casa los Pedraza.
Por suerte los policías de Palpalá, o eran muy ineptos o sabían que los padres de Pepe no estaban actuando fuera del Estado de Sitio, de lo contrario podrían haberse comido un garrón del que nada tenían que ver.
También ponían carteles donde ofrecían mercadería a muy bajo precio y la dirección que aparecía era la de la casa de Pepe.
Más de una vez, doña Rosa, la mamá de su amigo, le comentó inocente al sátrapa de mi hermano, autor de las tropelías, que no entendía porqué la gente le tocaba la puerta preguntando por las "tentadoras ofertas".
Otras veces ponían carteles donde anunciaban que "cambiaban elásticos de bombachas". Como siempre con la dirección de la casa de Pepe.
Pero la que fue la peor de las bromas fue una en la que la víctima, por ser el primero en salir de la casa, resultó ser don José, el papá de Pepe.
En sus recorridas nocturnas, Luis y mi hermano encontraron la cabeza descarnada de una vaca.
Ni lerdos ni perezosos, la cargaron y la dejaron en la puerta de la casa de su amigo.
Y para darle un toque aún más tétrico, le arrojaron encima pintura roja para que pareciera sangre. Cuando el papá de Pepe se levantó en la madrugada siguiente para ir a trabajar, por poco le da un ataque cardíaco al tropezarse con la cabeza.
La madre de Pepe le contaba después a Jaño que "alguien le había dejado una brujería en su casa". Cuando mi hermano contaba la anécdota, yo le preguntaba cómo hacía para no tentarse de risa delante de la engañada mujer.
Pero de esa aventura hasta Pepe dudó y le llegó a decir a los bromistas: "me parece que ustedes dos tienen que ver con esto".
Mi hermano Ángel contó cuando estábamos en Río Gallegos, una anécdota que sólo él y Jaño sabían en la familia.
En Centro Forestal había un cine enorme, donde además de pasar películas, se realizaban todos los actos patrios y de fin de año de la escuela.
A esto último corresponde la travesura de Jaño, que por ese entonces todavía estaba en la Escuela Primaria.
Ángel iba pasando por el lugar, cuando de pronto vio salir del cine con cara de sospechosos a Jaño, Luis y otro de sus amigos, quienes se separaron y salieron corriendo cada uno para su casa. "Como ratas", según la descripción de Ángel.
En ese momento se escuchó una tremenda explosión en el interior del cine y de inmediato, comenzaron a salir llorando algunos nenitos de la escuela y a las maestras también se las veía muy asustadas.
Ese día, las docentes y los chicos estaban en el escenario del cine ensayando para el acto de fin de año.
Sin que nadie los viera, el trío maquiavélico había colocado un cohete de los más potentes en el sector pullman con una mecha larga y así pudieron escapar antes del estallido, y sin ser advertidos.
Nunca nadie supo quiénes fueron los autores de ese "atentado".
Seguramente los hubieran echado de la Escuela y Jaño hubiese perdido todo su prestigio como alumno.
Porque lo que tenía de muy travieso, lo tenía de muy buen estudiante. Era el abanderado del colegio. Marcelo Morandini, quien murió hace algunos meses y su hermano Alejandro eran otros de los amigos inseparables de Jaño.
Tanto ellos como Héctor Gutiérrez, a quien apodaban "Pitu", y el propio Luis, también eran amigos míos y de Ángel.
Éramos un grupo por demás entretenido que teníamos al T.E.G. como nuestro juego favorito.
El otro amigo de Jaño, quien aparece en la foto con el espejo, era Ivo Kukoc, un vecino de unos 40 años que se prendía en las bromas y los asados de Jaño y los otros chicos, pese a que eran mucho más chicos que él.
Con su simpatía, su generosidad y su gran sentido del humor, Jaño consiguió en su vida hacerse de muchos amigos que de un tiempo a esta parte lo recuerdan más que con lágrimas, con una sonrisa.
A los de Río Gallegos, los conocí en su casa, en el hospital donde estuvo internado y en el cementerio.
Entre ellos están Silvina Boniface, amiga íntima de María Luisa Muñoz, la hoy viuda de mi hermano, y mamá de Abigail.
Esta última me mandó hace pocos días las fotos de Cumpleaños de sus 15, hace cuatro años, donde mi hermano aparece bailando el vals con ella.
Yo nunca lo había visto a Jaño bailar. Ni siquiera en Jujuy.
Jamás.
Él quería mucho a esa chica porque según me contó María Luisa, le hacía acordar a su hija Yasí.
En las fotos también aparecen su esposa y Silvina, quien además hizo en 2014 la torta temática de Boca con la que Jaño festejó su cumpleaños y donde aparece con su gata.
En esa ciudad helada descubrí el calor del afecto que sentían esas personas por mi hermano.
A ellas, entre otras, sumo a Federico Muñoz, el hermano de María Luisa, su esposa Verónica y su hija Cata; al taxista apodado "140", pareja de Silvina; a Margarita y su marido; al "Soldado", quien estuvo en el hospital hasta el último soplo de vida de mi hermano; al conductor del programa de radio, que no recuerdo su nombre, en el que mi hermano tenía participación como oyente con el mote de "Yutoslavia" o algo así.
Otro joven que le compraba los discos de pasta que se llevaba de mi casa o se hacía enviar desde Jujuy por mi mamá.
Otro hombre que era un fotógrafo, que no podía ocultar su dolor por la pérdida de su amigo.
Y así mucha gente que ese día del sepelio en el Cementerio de Río Gallegos, con Ángel les agradecimos haber querido tanto a nuestro hermanito menor.






































Jaño fue papá muy joven.
Tenía apenas 18 años, cuando Charo dio a luz a Inti y al año siguiente a Yasí.
Aunque nunca estuvo en pareja con la madre de sus hijos, les dio su apellido y su amor.
María Luisa me confirmó que mi hermanito quería mucho a sus chicos. Y los ayudó en todo lo que pudo, porque su situación económica no le permitía más.
La falta de recursos lo hacía sufrir bastante.
A él le hubiera gustado estar más cerca de los ellos, abrazarlos, besarlos, compartir más vivencias, pagarle sus estudios y evitarles privaciones.
Pero no se dio como era su objetivo.
Sucedió asimismo que Inti y Yasí, por un mal entendido, estuvieron enojados con él y ni siquiera lo llamaban por teléfono.
Sus hijos nunca supieron cuánto lo mortificaba esa situación.
Sin embargo, en los últimos tiempos y sobre todo cuando mi hermano fue internado, sus hijos pudieron acercarle  su afecto, al menos telefónicamente.
Inti y Yasí estuvieron muy poco cerca de su papá.
Por eso la visita que él les hizo cuando ambos vivían en Bolivia con su mamá, fue un momento que sus hijos nunca olvidarán.
Yasí me decía días atrás que ella, a diferencia de sus hermano, que aparece en las fotos en la cama dormido y en los brazos de su papá, no tenía una foto con Jaño.
Pero antes de volver de Jujuy, cuando revisaba algunas pertenencias de mi hermano, descubrí las fotos de ese viaje.
Jaño no sólo aparece saludando feliz en medio de una ruta en Bolivia y en otras con Inti, sino que en algunas de las fotos está con Yasí.
Ahora sí mi sobrina tendrá un recuerdo gráfico para atesorar.

Con mi papá Pedro, Jaño tuvo una relación muy conflictiva.
Mi hermano, por ser el menor y el que más tiempo permaneció en Jujuy, porque Ángel y yo nos fuimos de la casa muy jóvenes y nos radicamos respectivamente en Neuquén y Buenos Aires, vivió con mucho dolor que mi papá dejara el hogar para irse a vivir con otra mujer.
Tal vez su rebeldía era un modo de manifestar su resentimiento por esa separación tan traumática.
Un día, cuando faltaba poco para el final y aún yo no había llegado a Río Gallegos, Jaño le preguntó a Ángel por mi papá.
"¿Vino el papá?", fue su consulta.
Por ese motivo, el día anterior a su muerte, cuando papá lo llamó a Ángel y éste me pasó el teléfono, yo le conté que Jaño había preguntado por él y que era el momento de expresarle lo que sentía por su hijo.
Aunque mi hermanito no podía hablar, sólo balbuceaba y apenas se le entendía, le coloqué el teléfono en la oreja y ante cada palabra cariñosa de mi papá, abría grande los ojos.
Juraría que fue el momento en que ambos se perdonaron mutuamente.
Una reconciliación largamente esperada e impostergable.
Mi hermanito me agradeció con la mirada esa comunicación.
Dejando de lado ese instante emotivo, quiero irme de esta parte de la evocación con una sonrisa, con una anécdota que también contó Ángel en el hospital y que mi mamá completó luego en Jujuy con más datos.
Una vez que Jaño se había quedado estudiando de noche, decidió hacerle una broma pesada a papá.
A un ventilador de pie que había en la casa, le colocó un sombrero de ala ancha, que mamá me dijo que mi hermano lo llamaba "el tontito" y una capa o un sobretodo, y lo puso en medio del pasillo.
Cuando mi papá se levantó en la oscuridad, de madrugada, para ir al baño, antes de salir a trabajar, se pegó un susto tremendo al encontrarse con eso que parecía un hombre en actitud amenazante.

Jaño y Ángel hacía 24 años que no se veían.
La última vez fue cuando mi hermano menor pasó por Neuquén con una ex novia.
En ese tiempo, Patricia, la esposa de Ángel estaba embarazada y a poco de dar a luz a Ernesto, que actualmente tiene precisamente 24 años.
A Jaño le encantó que Ángel fuera a visitarlo a Río Gallegos, aunque las circunstancias fueran por demás penosas.
Como le gustó que yo me sumara y estuviéramos juntos los tres hermanos después de alrededor de 26 años.
Jaño quería mucho a mamá, aunque dudo que alguna vez se lo haya dicho.
Sus comunicaciones telefónicas, sus bromas e imitaciones eran una manera de demostrarle su afecto.
Con ella hablaban de números porque a ambos les gustaba jugar a la Quiniela.
Cada vez que la llamaba, le pedía a mamá: "Tirame un número para jugarlo". Y ella le decía lo que se le ocurría en el momento.
Cuando la "Jomen", como la bautizamos internamente, pierde en las apuestas, suele decir "pero" con la "e" y la "o" alargadas.
Es un "pero" que le sale además como si en lugar de la "p" llevara la "f".
Jaño cuando la imitaba decía o me escribía en los mensajes de texto: "feeeerooooooo".
Creer en Dios y los rezos constantes, la está ayudando a mi madre a superar el dolor.
De lo contrario, no sé qué hubiera pasado con ella.
Así como perder a un hermano es terrible, más tremendo aún debe ser perder a un hijo.
Y encima el más chico. El nenito de la casa.
Cuando estuve días atrás con ella en Jujuy, aunque lloramos juntas y cada una por su lado, tratamos en lo posible de acordarnos de los momentos lindos protagonizados por Jañito.
A mamá le hizo muy bien que mi hermanito alcanzara a recibir la Unción de los Enfermos.
La reconforta que Jaño se haya marchado en paz.

Jaño siempre tuvo relaciones inestables, hasta que conoció a María Luisa Muñoz.
Ella le cambió la vida a mi hermano.
Él mismo me lo dijo cuando estuvo en marzo pasado en Buenos Aires.
Con esta mujer, mayor que él, logró la estabilidad emocional que tanto anhelaba.
María Luisa se la jugó por él.
Como una leona estuvo al lado de mi hermano, con varias noches sin dormir, agotada en extremo, pero de pie, acompañándolo en el hospital.
Nunca lo dejó solo.
El destino quiso que yo conociera a esta persona admirable y querible en un momento tan triste.
Tuve la oportunidad, sin embargo, de agradecerle frente a frente que haya hecho feliz a Jaño.
Más allá de las peleas de pareja, ellos se amaban y se respetaban mucho, y estaban dispuestos a envejecer juntos, según me lo contó la propia María Luisa.
Mi cuñada y su familia resultaron ser excelentes personas, que tenían un enorme cariño por Jaño y lo demostraron con hechos.
A todos ellos voy a agradecerles infinitamente hasta que yo también abandone este mundo.

.
De la última vez que Jaño estuvo en Buenos Aires, no me quedaron fotos.
No saqué nada.
Mi ánimo, tras la doble fractura de muñeca, no era el mejor.
Aunque él me lo hizo revertir con su energía positiva, no me sentía en condiciones de fotografiar con la mano izquierda.
Sí me quedó el registro fotográfico de otro momento de sus visitas, cuando venía a comprar materiales para trabajar como artesano.
Mi hermano tenía una fortaleza que parecía infranqueable.
No tomaba colectivos, ni subte y mucho menos taxis para trasladarse.
Recorría los comercios de Buenos Aires caminando y llegaba extenuado y hambriento, cargado de bolsas y paquetes.
Le encantaba mostrarme lo que había comprado, pese a que a veces yo no tenía tiempo y otras veces ganas de atenderlo.
Tenía debilidad por las piedras, a las que conocía a la perfección y luego transformaba en hermosos anillos, pulseras, collares y adornos de todo tipo.
A uno de esos días corresponden estas fotos.
Yo había hecho un guiso para agasajarlo, pero llegó demasiado tarde para compartir el almuerzo.
Decidí comer sola porque pensé que ya había "picado" algo por ahí.
Sin embargo, volvió con el estómago vacío y con unas ansias enormes de llenarlo.
Le ofrecí servirle un plato de guiso, pero me dijo: "dame la olla". Y se la llevó al balcón de mi departamento, donde lo registré comiendo como si fuera un náufrago recién rescatado.
Dios quiso que Jaño fuera mi salvador.
Cuando sufrí el accidente y el médico me comunicó que había que operar, agregó que debía estar acompañada tras la cirugía.
No había nadie disponible para hacerlo.
Ale Maroto, amiga y compañera en el noticiero, que en otro momento me había acompañado para hacerme un examen que por fortuna su resultado fue negativo respecto a un posible cáncer de mama, se había ofrecido para estar conmigo.
Pero justo se enfermó y hasta llegaron a internarla.
Entonces se me ocurrió llamarlo a Jaño.
Le prometí pagarle el pasaje, la estadía y comprarle los materiales para trabajar.
Y como sabía que yo nunca prometo en vano, viajó de inmediato.
Fueron dos semanas en las que nos sentimos muy unidos. Más compenetrados que nunca.
A mi hermano le gustaba cocinar y lo hacía de maravillas.
Íbamos juntos al supermercado y yo le compraba todo lo que me pedía en materia de ingredientes. Nunca me olvidaré de sus deliciosos zapallitos rellenos.
Hablamos mucho en ese tiempo. Conversaciones profundas, con el corazón en la mano.
Con los consejos que Jaño me daba, parecía que él fuera mucho más mayor que yo.
Él tenía una vida más vivida y estaba en condiciones de abrirme los ojos sobre distintas situaciones. Yo lo escuchaba con suma atención.
Aunque no imaginaba que fuera tan grave, me preocupaba su salud.
Vino más delgado que nunca y quejándose de un dolor de espaldas, que mitigaba con calmantes, "recetados" por él mismo.
Yo le recomendaba que fuera al médico. Pero no quería saber nada.
A María Luisa le hacía lo mismo.
Ella le sacaba turnos y él no concurría a la consulta médica.
Y se dejó pasar, hasta que fue demasiado tarde.
Además de dedicarse a la cocina, se le ocurrió pintarme el departamento.
Yo le decía que no era necesario que lo hiciera. Hasta que insistió tanto, que terminé aceptando y fuimos juntos a comprar la pintura.
El trabajo quedó inconcluso, porque me dijo que le "dolía demasiado la espalda". Y que en una próxima vuelta, lo iba "a terminar".
No me molestó en absoluto que no lo terminara, ya que había quedado muy prolijo.
Al contrario, le reproché que se hubiera embarcado en una tarea que dañara su físico.
Ambos desconocíamos que ese dolor era el anuncio de un mal irremediable.
Dos meses después, el 29 de junio, María Luisa me envió un mensaje de texto donde me contaba que había que tenido que internar a mi hermano de urgencia por el dichoso dolor de espaldas, que ya se había vuelto insostenible.
No había calmantes que lo evitaran.
Ese día comenzó el calvario y el deterioro de la salud de Jaño, hasta su fin, el 31 de julio.
Apenas un mes duró con vida.
En algún momento existió la posibilidad de trasladarlo a Buenos Aires para que lo operaran, ya que en el Hospital Regional de Río Gallegos estaban de paro.
Como mi hermano, siempre tan descuidado en todo, no tenía obra social, decidieron casarse con María Luisa para compartir la suya.
La boda, sin anillos, fue en el cuarto del hospital, sólo con la presencia de la Jueza de Paz y los amigos más íntimos.
Las fotos dan cuenta de un Jaño muy delgado y pálido, pero que aún podía sentarse en la cama y ser sociable con su gente.
Sin embargo, el viaje tuvo que desecharse,cuando lo que parecía un simple tumor en la vértebra, se complicó con la Diabetes que le descubrieron y que él ni nadie sabía que tenía, sumado a esto una afección al hígado.
Mientras tanto, el tumor había comenzado a avanzar hasta la médula y el cerebro.
Cada vez que hablaba con María Luisa, las noticias eran aún más desalentadoras.
Y yo me sentía pésimo porque no podía viajar.
Coincidió con las dos semanas de vacaciones de invierno en Buenos Aires.
Como en el canal le dan prioridad a las personas que tienen hijos en edad escolar para darles licencia, a mí me negaban que me tomara algunos francos para viajar a Río Gallegos, aunque se trataba de una cuestión de vida o muerte.
Yo recién tenía vacaciones, las pendientes de cuando me había quebrado, para el 1 de agosto y ya tenía el pasaje anticipado para viajar a Jujuy.
Pero ante la gravedad de mi hermano, el nuevo rumbo debía ser Río Gallegos.
Lo único que logré fue que me dieran franco el viernes 29 de julio y me fui urgente a Aeroparque donde me vendieron el único pasaje que quedaba para la tarde para ese día.
Llegué a Santa Cruz de noche.
Me estaban esperando en el Aeropuerto María Luisa y su amiga Silvina.
Fuimos a su casa, dejé la valija, con varias prendas de abrigo porque pensaba que iba a quedarme una o dos semanas, y pedí que me llevaran de inmediato al hospital.
Allí me esperaba mi hermano Ángel, que había llegado dos días antes.
Jaño no hablaba, pero con la mirada nos daba entender que le alegraba que estuviéramos otra vez los tres hermanos juntos.
Lo primero que le dije fue: "Yo que no quería venir nunca a visitarte a Río Gallegos porque hace mucho frío y ahora estoy aquí". Y le agregué el "Jujujaju jaju", que él utilizaba cuando estaba en casa y en sus mensajes de texto.
Esa noche nos quedamos con Ángel con él y aunque apenas se lo podía escuchar, estuvo muy participativo.
En un momento en que nos pusimos a hablar de su gata con nombre raro, Jaño nos explicó el significado del mismo.
Después, en otro momento en que con Ángel hablábamos de la Quiniela importante que había ganado Ottavis, Jaño le dijo que jugara al "14 y al 18".
A la mañana siguiente, fue cuando lo escuchó a mi papá en el teléfono.
Cuando llegó María Luisa, con mi hermano nos fuimos a almorzar, al supermercado y a descansar un rato a la casa.
Pero en las primeras horas de la tarde, María Luisa nos avisó que el estado de salud de Jaño se había agravado y salimos urgente con destino al hospital.
Esa tarde noche pensamos que se nos iba.
Le habían subido en extremo la presión y la glucosa, y tenía palpitaciones.
Esto último era nuevo y preocupante.
Recién a la medianoche lograron estabilizarlo.
María Luisa pudo entonces volver a su casa. Y con Ángel volvimos a quedarnos en el hospital a acompañar a nuestro querido hermano.







Mi propósito, desde un primer momento, fue llevarle a mi hermano un sacerdote para que le suministrara la Unción de los Enfermos.
En la mañana del domingo, con 4 grados bajo cero y la escarcha en autos, calles y veredas, salí rumbo a la Catedral, una iglesia que es un Monumento Histórico, construida por los indios onas en el año 1.900 y que está a pocas cuadras del hospital.
Antes de la Misa, hablé con el sacerdote, Miguel Ángel Robledo, a quien le pedí que fuera a ver a mi hermanito.
Me dijo que no podía a la mañana porque tenía una celebración religiosa en otra iglesia, luego del mediodía otra actividad, pero entre las 17 y las 17.30, iba a ir a llevarle los Sacramentos a Jaño.
Cuando regresé de la Misa, mi hermano estaba cada vez peor.
Luego que lo viera la médica, nos reunió a María Luisa, Ángel y a mí, para decirnos que "ya no había nada que hacer y que le quedaba poco tiempo de vida".
Nos explicó que le iban a aplicar morfina para que no sintiera ningún dolor y que lo iban a dejar sedado. Sólo como un paliativo.
Escuchar eso nos destrozó el corazón.
Mi hermano, mi cuñada y yo nos abrazamos llorando desconsolados.
Cuánta tristeza se vivía en ese momento.
En ese interín llegó Johnny, un pastor evangélico que visitaba a mi hermanito para orarle y con quien yo me comunicaba por teléfono cuando no conseguía hacerlo con María Luisa desde Buenos Aires.
Me abracé llorando a él, como si lo conociera de toda la vida.
Luego nos reunió alrededor de Jaño y comenzó a orar por él.
Incluso me invitó a que esa noche fuera al templo donde él asistía y tras la ceremonia, me traería al hospital.
Pero me negué, porque no quería alejarme de mi hermanito.
A las 17, tal como lo había prometido, llegó el padre Miguel Ángel.
Fue un instante de profunda emoción.
En el momento en que el sacerdote le pasó el aceite sobre la frente, anunciándole que le "perdonaba todos sus pecados", Jaño movió sus párpados cerrados e hizo un gesto que nos dio a entender que la bendición le había llegado.
Tras esto, el padre nos tocó el corazón con sus palabras de consuelo, al extremo que todos nos sentimos con una paz increíble.
Agobiado por la angustia, mi hermano Ángel decidió salir a la calle a la caminar.
Pero alrededor a las 19, María Luisa, su amiga Silvina, "El Soldado", un amigo de mi hermanito que había llegado sin pronunciar una palabra pero absolutamente compungido, notamos que Jaño se estaba por despedir de este mundo.
Lo llamé a Ángel, que ya estaba cerca, y juntos con María Luisa, acariciándolo y diciéndole cuánto lo amábamos, estuvimos con él hasta su último latido a las 19.27.
Jaño, Jañito, Cacho, Cachito, Darío Oscar, mi hermanito adorado, el que parecía el dueño de su destino, se había ido para siempre.
Aunque me cuesta sacarme de la mente la imagen de su agonía, quiero recordarlo lindo, saludable, con ilusiones de ser músico y de vivir la vida en libertad, lo que en definitiva hizo realidad.







































Jaño, mi hermanito querido, algún día nos volveremos a encontrar y la felicidad era infinita...

domingo, 28 de febrero de 2016

ALISH SE FUE AL CIELO DE LOS GATOS...

Se fue mi Alish, mi chiquita hermosa, mi dulce compañera de 15 años.
Mi gatita querida se marchó al cielo de los gatos a las 4.30 del domingo 28 de febrero de 2016.
Murió en mis brazos.
Fui testigo de su último suspiro, mientras no dejaba de acariciarla.
Esta es la imagen que voy a llevarme de ella.
Linda, saludable y compañera de mis otros gatos, en este caso de Cocó...

Quise llevarme sus últimas imágenes aunque fueran duras e irremediables.
Durmiendo en un almohadón, donde quedaron sus marcas de su destrucción y acompañada por su hermanita Milly, que aunque no eran muy compañeras, en las últimas horas quiso hacerle sentir que la amaba.
Yo sabía que le quedaba muy poco tiempo de vida, por eso quise evitar llevarla a un veterinario para convertirme en su asesina.
Ya no era necesario, además el veterinario la había deshauciado en abril de 2015 y sin embargo vivió casi 11 meses.
Le dí calmantes para su dolor.
Y la dejé que busque su lugar para el final.
En su último día de vida, fue la única vez que no vino a mi falda cuando me senté frente a la computadora, como lo hacía siempre.
Empecé a extrañar ese momento que nunca más se repetirá.
Los gatos necesitan morir lejos de sus amos.
Tal vez porque se dan cuenta cuánto cuesta aceptar que ya no estarán.
Buscan un lugar apartado.
En mi departamento, tan pequeño, era imposible encontrar un lugar alejado.
Por eso Alishita fue a acurrucarse en el recipiente de las piedritas, que estaban recién cambiadas debajo de la cama.
Eran las que ella usaba.
Pero la saqué de allí porque las piedritas le quedaban pegadas en su hocico destrozado por el cáncer. La puse en el almohadón, de donde sólo se levantaba para intentar tomar agua, que ya no podía tragar.
Entonces escuchaba su lamento por esa imposibilidad.
Los pocos lamentos que se dejó oir en este tiempo.
Con una jeringa le dí un poquito de agua.
Pero al parecer esa basura le había carcomido tanto la boca, la garganta, el hocico, todo, que ya no podía tragarla.
Y no quise insistir para no hacerle daño.
Mientras limpié toda la tarde, Alish durmió en el almohadón o sobre mi cama.
A la noche, cuando me fui a dormir, traté de repetir lo que ella hacía siempre: dormir sobre mi falda.
Si bien aceptó hacerlo, a las 4.20 del domingo me desperté y no estaba.
Intuí lo peor.
Por eso me levanté rápido.
La busqué debajo de la cama y no estaba.
Fui al baño y la hallé acostada en las piedritas.
Ya se estaba muriendo.
Le saqué las piedritas que se le habían pegado en sus heridas en el rostro y aunque se negaba a que la levantara, resistiéndose con las pocas fuerzas que le quedaban, me la llevé a la cama.
La puse como siempre sobre mi falda, acariciándola siempre.
Haciéndole entender que no lo abandonaría hasta el final.
Y a las 4.30, un quejido y una de sus patitas que comenzó a moverse y luego se aquietó, me dieron a entender que ya se había ido.
Pero aún así seguí acaricándola.
No iba a aceptar su muerte, hasta sentir la rigidez de su cuerpito.
Hasta que lo sentí, la levanté y la coloqué en otro almohadón, para velar su partida.
Estoy destrozada.
Nunca imaginé que la iba a sentir tanto.
Pero era mi hija y sólo los que quieren a los animales lo pueden entender.
Se me murió un ser maravilloso.
Mimosa.
Dulce.
Compañera de mis otros gatos.
En su momento fue la amiga de Pilito, la única que él aceptaba.
Yo le decía "la secretaria de Pilito" porque no se movía de su lado y le hacía masajes en el lomo.
La voy a extrañar en mi falda, como ya la extraño mientras escribo su despedida. Adiós mi amor, nunca te olvidaré...