domingo, 13 de enero de 2013

EL AROMA A ROSAS DE LA VIRGEN DE SALTA


No hay explicaciones para la Fe. Se vive, se siente. Por eso fue tan emotivo para mí conocer a la Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús, más conocida como la Virgen de los Tres Cerritos, o simplemente como la Virgencita de Salta.


Mi emoción fue tan enorme al ingresar a la pequeña ermita, que la resguarda en lo alto de la montaña, y verla tan hermosa, tan celestial, maravillosa, que empecé a llorar y así estuve, con los ojos humedecidos, durante la mayor parte de las dos horas que permanecí en el lugar.
Desde que me levanté en Jujuy, en la madrugada del sábado 22 de diciembre, para tomar el micro hasta Salta, y hasta el último minuto que estuve en esa provincia, decidí disfrutarlo como un hecho extraordinario, que llenó mi espíritu y que me hizo sentir como una hija adorada de la Vírgen María.
Porque ella pasó a mi lado. Sentí su aroma a rosas...




La visita al Santuario de la Vírgen la tenía pendiente desde hace mucho tiempo. Mi interés comenzó cuando vi el programa "Todos Santos" que Patricia Miccio conducía en Canal 9.
Me conmovieron los testimonios de la gente que había tenido respuesta a sus pedidos, incluida Gabriela Arias Uriburi, a quien su ex marido hacía tres años que no le permitía ver a sus hijos, y que gracias a su visita al cerro, el milagro del reencuentro se hizo posible.
También me conmovió la imagen de María Livia, la mujer que tuvo la fortuna en 1990 de ver a la madre de Dios y recibir de ella varios mensajes de amor y paz.
Sabía que algo muy fuerte iba influir para que finalmente decidiera movilizarme a Salta.
Un problema de salud de mi tía, la hermana de mi mamá, y de mi madre, aunque menos complicado, hizo que esta vez, en mis vacaciones de verano, viajara a pedirle a la Virgen de los Tres Cerritos especialmente por ellas.
Opté por ir sola porque quería orar sin que nadie me hablara e intentara modificar mi itinerario.
Quería encontrarme en silencio con la Madre de Jesús.
Al viaje de algo más de dos horas lo viví como una fiesta. Todos mis sentidos estuvieron alerta para disfrutar de cada momento, aún el más efímero.
Tenía entendido que había micros gratuitos que llevaban a los feligreses hasta el Santuario.Pero en la Terminal de Ómnibus me enteré que hasta el lugar tenía que ir en taxi y que era a unos 3 kilómetros del Santuario donde se encontraban los micros sin cargo, utilizados en su mayoría por personas mayores y con problemas de movilidad.
Si bien yo podría haber realizado el ascenso caminando, pero una porque no conocía el lugar y tenía miedo de perderme, y otra porque estaba demasiado ansiosa por llegar, elegí tomar el micro.
El ascenso fue extraordinario, sobre todo cuando desde el lado izquierdo se empezó a ver la ciudad de Salta, bella, imponente.
Ya en el trayecto comenzaron a aparecer los carteles que invitaban al silencio. Y al llegar al lugar, los carteles se multiplicaban, expuestos en un jardín cuidado por los voluntarios.
Una chica entregaba a los visitantes dos estampitas de la Virgen y dos papeles con recomendaciones y avisos sobre las actividades religiosas en el Santuario.
"Están bendecidas por la Virgen", me dijo la joven con un sonrisa, mientras me indicaba por dónde tomar para llegar a la ermita, que ya se divisaba entre los árboles.
Caminé con mi espíritu a flor de piel, dispuesta en cuerpo y alma al encuentro con la Virgen.
En la puerta de la pequeña ermita me llamó la atención un árbol cargado de Rosarios, dejados por los feligreses en agradecimiento por las gracias concedidas. Pero la observación con mayor detenimiento la dejé para más adelante.
Estaba a punto de tener mi encuentro con la Virgen María y eso era lo más importante.
La poca gente que había en ese momento, me permitió tomarme el tiempo para caminar con tranquilidad  hasta la imagen inmaculada. Desde ese instante comencé a llorar de emoción.
Toqué su manto, me persigné y me arrodillé a rezar en el primer banco de la izquierda.
Así estuve más de una hora y media, orando y observando con detenimiento la pequeña casa de piedra de la Virgen.
La iluminación de la imagen es perfecta. Resalta su belleza y su mirada verde y tierna.
A cada lado de la Virgen hay carteles que indican que no se pueden encender velas ni se reciben donaciones.
Se observa en lo alto un Corazón de Jesús y una corona de flores rojas artificiales rodeando al altar. Y a la izquierda, fuera del altar, se ubican tres banderas: la de Salta, la del Vaticano y la Argentina.
Por ser los días previos a la Navidad, habían armado un Pesebre a pocos centímetros de la Virgen.
Entre la gente no podía distinguir a María Livia. Pensé que no había llegado y que podía presentarse en cualquier momento.
Cuando le pregunté a una de las voluntarias, me dijo que la mensajera de la Virgen estaba de vacaciones y que recién volvería en marzo.
Lamenté por unos minutos su ausencia, pero después me recompuse y seguí rezándole a la madre de Dios por mi tía, mi mamá, mi papá, mis hermanos, mis amigos y por el despertar del ACV de Gustavo Cerati. Ya volveré cuando esté presente, porque no quiero perderme la posibilidad de conocerla.
Había llevado una de las fotos que le tomé a mi tía antes de viajar, una foto de mi mamá con uno de sus gatitos más queridos y un CD de Cerati. Mi propósito era que María Livia posara sus manos en esas imágenes.
Percibir el aroma a rosas es una bendición para pocos. Generalmente es una prueba para que los incrédulos descubran que hay un ser superior que nos cuida y acompaña en los distintos tramos de la vida.
Por ser creyente, no creía que la Virgen me iba a regalar esa gracia.
Sin embargo, cuando estaba rezando uno de los Rosarios, sentada en el interior de la ermita, percibí el aroma a rosas. Me dí vuelta para ver si había alguien que había entrado con esas flores. Y nadie tenía ninguna rosa. Como tampoco la había en el altar de la Virgen.
Mi emoción se duplicó: "ella" había pasado a mi lado. La Virgencita de los Tres Cerritos me había regalado su presencia. Me sentí tan protegida, tan acompañada, con una paz interior imposible de describir, que no hice menos que agradecerle y reforzar el pedido por mi gente querida, por la cual yo estaba allí.
Después de ese momento único salí a recorrer el jardín y a contemplar la ciudad de Salta desde el mirador natural.
Pasé por el auditorium donde María Livia recibe a los feligreses, con sus asientos de piedra y madera, y el jardín, donde me sorprendió la imagen de San José con el Niño Jesús en brazos, en medio de un manto de flores amarillas.
También deposité mi pedido de gracias en la urna que está en la puerta del ermita. Y observé la llegada de más y más feligreses.
Mucha gente que no sabía que ante la ausencia de María Livia el Santuario se iba a cerrar a las 12, llegó prácticamente sobre la hora, por lo que no pudo permanecer mucho tiempo en el lugar.
Me despedí de la Virgen con la promesa de volver a visitarla en pocos meses y poco a poco me fui alejando para esperar al micro que me lleve a la base, donde había combinado con el taxista que me llevó a la ida, que me pase a buscar para trasladarme a la Terminal de Ómnibus.
Me fui con una paz interior impresionante y la fortaleza necesaria para enfrentar las vicisitudes de la vida, sabiendo que cuento con una madre amorosa que guía mis pasos. La Virgencita de los Tres Cerritos está definitivamente en mi corazón...

6 comentarios:

gustavo siegrist dijo...

Querida Yayi....Sin dudas, la Virgen te visito, de eso estoy seguro, porque conoce tus sentimientos hacia los demas y tu amor para con los "seres de 4 patas" que tanto lo merecen...te mando un beso enorme!
Gus

Yayi Villegas dijo...

Gracias Gustavo. Fue un momento increíble. Le agradezco a la Virgen ese regalo que me hizo. Un beso grande...

Sergio dijo...

Que la fe mueve montañas...es algo que no dudo!
Gracias por mi vieja!

Yayi Villegas dijo...

La Fe mueve montañas, por eso le confié a la Virgencita la salud de la tía. Saludos, Sergio.

Ángel dijo...

Hola Hermana:

¡Espero que tus ruegos se hagan realidad! Besos

Yayi Villegas dijo...

Se van a hacer realidad, hermanito. La Virgencita cumple y voy a volver a ir para agradecerle. Te quiero mucho.