


Lo tituló "Olvídate de mí" y se lo dedicó a...Así lo dejó con puntos suspensivos. Pero era para la mujer que amó y lo abandonó, y en quien se inspiró para escribir sus letras mejor logradas.
"Siempre en la idea este fatal pasado,
siempre el recuerdo de este amor conmigo,
que debiera olvidar--y no he olvidado,
que quiero maldecir--y no maldigo...
¿Por qué en el viaje triste y desolado,
que en mi existencia solitario sigo,
siempre ha de ser presente mi pasado
y ha de estar este amor siempre conmigo..."
Toda mi vida recordé, hasta hoy inclusive, esta primera parte del poema. Lo aprendí, no por obligación, sino por placer, cuando en 1972 se cumplieron 55 años de su muerte.
Yo por ese entonces estaba en el último año de la Escuela Primaria en Centro Forestal, mi pequeña "aldea" de la infancia en la provincia de Jujuy. En mi condición de abanderada del establecimiento, me designaron con las dos escoltas para que represente a la escuela en un concurso intercolegial sobre la vida de "Almafuerte".
No gané el concurso, tampoco ninguna de mis compañeras. Sin embargo, me dió la posibilidad de adentrarme en el mundo maravilloso de la poesía y la personalidad de este hombre nacido en la localidad bonaerense de San Justo, el 13 de mayo de 1854.
Muerta su madre, abandonado por su padre y criado por unos parientes que no lo tenían en cuenta, se convirtió con los años en un hombre solitario, huraño y melancólico. Pero en un hombre de bien.
Ya que a su vez se preocupó por niños abandonados y llegó, pese a su precaria situación económica, a adoptar cinco chicos.
Lo valioso es que supo volcar en sus escritos y de alguna manera hacer catarsis por todo el dolor que llevaba acumulado en su vida.
Fue docente, periodista y sobre todo poeta.
A la mujer que amó le dedicó varios poemas cargados de resentimiento, como en el caso también de "Castigo".
"Yo te juré mi amor sobre una tumba,
sobre su mármol santo!...
¿Sabes tú las cenizas de qué muerta
conjuré temerario?
¿Sabes tú que los hijos de mi temple
saludan ese mármol,
con la faz en el polvo y sollozantes
en el polvo besando?
¿Sabes tú las cenizas de qué muerta,
mintiendo, has profanado?
¡No lo quieras oir, que tus oidos
ya no son un santuario!..
Así como el desengaño amoroso fue su Talón de Aquiles, también supo dejar para la eternidad, escritos de un optimismo y una fortaleza, que aún en la actualidad se siguen trayendo a colación para salir de una situación difícil.
Son los "Siete sonetos medicinales", donde "¡Avanti!", sin dudas, es el más conocido.
"Si te postran diez veces, te levantas
Otras diez, otras cien, otras quinientas...
No han de ser tus caidas tan violentas
Ni tampoco, por ley, han de ser tantas.
Con el hambre genial con que las plantas
Asimilan el humus avarientas,
Deglutiendo el rencor de las afrentas
Se formaron los santos y las santas.
Obsesión casi asnal, para ser fuerte,
Nada más necesita la criatura
Y en cualquier infelíz se me figura
Que se rompen las garras de la suerte...
¡Todos los incurables tienen cura
Cinco segundos antes de la muerte!".
Quise dejar para el final el poema que sí nos obligaron en la escuela a aprendernos. Aunque más no fuera la primera estrofa. Y es "Cantar de los cantares".
La parte que se repetía hasta el final: "Hija mía, madre mía, novia mía", era la que nos servía para relajarnos. Porque la repetíamos en un tono, como si nos tuviera hartos. Y nos matábamos de risa, a pesar de los retos de la maestra.
"Níveo cáliz de magnolia
Decorando los retoños de la rama
Cual un ánfora de sueños, --es tu frente.
Sí, tu frente,
Hija mía, madre mía, novia mía,
Es el gótico remate de la rama
Su divino corolario;
Es el grave, pausadísimo incensario
Cuya mirra de sapiencia por mi templo se derrama!
Radiaciones de las mieses, --
Rubias ondas encrespadas y brillantes
Y crujientes de los trigos, --tus cabellos!...
Tus cabellos,
Hija mía, madre mía, novia mía..."
Para muchos tal vez, traer a la memoria un fragmento de la obra de Pedro Bonifacio Palacios, resulte aburrido. No lo es para mí, cuando intento rendirle un simple homenaje a un grande de la Literatura Argentina.
Por eso estoy segura que el resto de los mortales, el que ama y admira la poesía, me lo agradecerá.