domingo, 10 de agosto de 2014

LA SORPRESA PARA MI MAMÁ


Desde que vi el interés extremo que había por viajar a Brasil, para ver uno o más partidos de la Selección Argentina, o al menos, sentir las vibraciones fuera de los estadios, comencé a soñar con la posibilidad de sorprender a mi mamá en el día de su cumpleaños.
Fue el secreto mejor guardado, porque no se lo dije nadie. Salvo a mi tía, a quien le pedí que le diga a mi primo, que el sábado 26 de julio a la mañana, fuera a darle de comer a mis gatos, ya que recién iba a estar de regreso en horas de la tarde.
Fue un acto de locura. Porque después de venir de una semana con mucho trabajo, me embarqué en un viaje relámpago, que me permitió estar sólo 26 horas junto a la mujer que me dio la vida.
Tenía solo un franco pendiente en Canal 9, por eso al principio dudé de viajar por tan poco tiempo. Porque si hubiera tenido un día más, podía permanecer hasta el domingo.
Pero el fin de semana anterior al viaje, decidí que igual valía la pena regalarle a mi mamá mi compañía, en un día que indefectiblemente lo iba a pasar sola.
El sábado anterior adquirí el pasaje en la sede de Aerolíneas Argentinas, en pleno centro porteño para el viernes siguiente, a las 7.10 y con regreso al mediodía del día posterior.
Le compré a mamá algunos regalos y esperé con la ansiedad silenciada, el momento de embarcarme.
Nunca le comenté que tenía un franco justo el día de su cumpleaños, porque seguramente iba a sospechar que algo podía tramar para agasajarla.
El jueves 24 de julio, en la charla diaria telefónica con mi mamá, le dije que no se asuste si en esa medianoche la llamaba para saludarla, porque ella suele ver el programa de Tinelli y esa hora está despierta.
Además, tenía que ir preparándola para la sorpresa posterior.
Para no perder el avión por quedarme dormida, hice todo lo que hago normalmente, como si fuera a trabajar. Sólo que en lugar de ir al canal, me tomé un taxi hasta Aeroparque.
Desde la noche hasta la madrugada, tuve algunas variaciones en mi ritmo cotidiano. Demoré el desayuno hasta la una, porque sabía que en el avión algo similar a un desayuno iba a consumir.
A la medianoche, la llamé a mi mamá para saludarla por su cumpleaños y quedamos en hablar por teléfono, como siempre, a mi salida del canal.
En lugar de pasarme la madrugada buscando noticias para el noticiero, me puse a lavar ropa, porque al día siguiente, de regreso del norte argentino, sólo iba a tener tiempo para limpiar e ir al supermercado.
Hacía varios años que no viajaba en avión.
Por elección, para tener más horas dedicadas a la lectura, opté en los últimos tiempos por el micro. Y lo voy a seguir haciendo, salvo por alguna emergencia. Porque detesto que por poco nos desnuden en los controles de los aeropuertos, que te manoseen aunque para mi caso sean mujeres. Todo por dejar de ser una sospechosa de cualquier delito o infracción.
Molesta más que nada porque hay "coladores" por distintos puntos del país, donde entran drogas, armas, dólares y quién sabe cuántas cosas más. Y a esos nadie los revisa.
Lamenté no poder tomarle una foto al avión que había trasladado a la Selección Argentina, que estaba estacionado en la pista de Aeroparque.
Lo vi desde el micro que nos llevaba al avión, pero por mi ubicación en el lado izquierdo de la aeronave, no pude fotografiarlo.
Tras un vuelo perfecto de dos horas, sin escalas, llegué a Jujuy,
Como no llevaba equipaje por bodega, salí de inmediato del Aeropuerto "Horacio Guzmán" y subí a un micro que me depositó a pocas cuadras de la casa de mi mamá.
La emoción me iba embargando a medida que me acercaba.
No quería causarle ninguna afección cardíaca debido la sorpresa, por lo que unos metros antes de llegar, la llamé por teléfono. En un horario inusual, porque en ese momento estoy trabajando en el canal y no utilizo el teléfono.
Eran las 10.20 y hacía mucho frío. Un grado de temperatura.
Mi mamá todavía no había salido a la calle. Aún estaba colocado el candado en la entrada.
Le pregunté cómo estaba pasando su Cumpleaños y me respondió: "con frío, por eso no salí todavía a la calle".
No quise demorarlo más, porque me moría de ganas de darle un abrazo. Así que le dije: "abrime la puerta".
Mi mamá se quedó un segundo en silencio, colgó y en la medida de sus posibilidades, corrió a darme la bienvenida.
Nos abrazamos fuerte y nos dimos muchos besos.
Había conseguido darle la sorpresa tan soñada.
De todos modos, no quise hacerla ilusionar con una permanencia más prolongada.
"Vengo ahora y me voy mañana", le anticipé de inmediato. "Lo importante es que estoy aquí".
Después prácticamente vacié el bolso, en su mayoría con regalos. También le llevé algunos alimentos para sus gatos. Pocos. Porque tenía miedo que no me los dejaran transportar. Y desde ese momento compartimos con mi mamá el mayor tiempo posible.
Ella no puede con su genio y le gusta tener la casa impecable. Limpia todos los días, aún los sábados y domingos.
Pero me puse firme y le impedí que, al menos ese día, toque algún elemento de limpieza. Aunque al día siguiente, y tal como la registré en la foto, estuvo quitando el polvo, antes de acompañarme al aeropuerto.
Por ser el viernes día de feria, el único de la semana, no se pudo dejar la lado la compra de frutas y verduras. Sólo que esta vez contó con mi compañía, mi ayuda económica y para el traslado del carrito.
Asimismo, la acompañé a comprarle la comida para sus gatos.
Además de los obsequios, quería regalarle a mi querida madre, un día "sin cocinar". Y la invité a comer en un restaurante.
Deseaba llevarla a la ciudad, a un local en pleno centro, donde había estado en abril con mi papá y comimos muy bien. Pero se nos hizo tarde y además, mi mamá estaba un poco cansada, de modo que fuimos a uno más o menos cerca de su casa.
Estaba tan encantada de estar con mi mamá, que me olvidé de sacarnos fotos juntas. Y eso que tenía la cámara encima.
A la tarde, tomamos el té y luego nos fuimos a Misa.
Ella tiene la costumbre de ir en sus cumpleaños a agradecerle a Dios por un año más de vida, con salud y el amor de quienes la queremos. Y yo me sumé encantada.
Al día siguiente, me hubiese gustado ver a mi papá. Al menos ir a darle un beso y volver de inmediato, porque tenía que partir al mediodía. Pero no lo encontré.
También había pensado en hacernos unas selfies con mi mamá en el aeropuerto, pero llegamos tan sobre la hora, con la gente haciendo cola para el control policial, que apenas tuvimos tiempo de despedirnos. Y de las fotos me acordé cuando ya estaba por levantar vuelo.
Sólo me quedó la foto que le saqué barriendo y de la cual ella ni se enteró. Porque si se lo decía en ese momento, no le hubiera gustado nada.
Fue un viaje muy corto. Cortísimo. Pero ante todo fue un acto de amor.
Mi mamá cumplió 79 años y estoy consciente que cada vez se achica más la brecha en que no la voy a tener más. Por eso voy a seguir haciendo el esfuerzo para estar el mayor tiempo con ella.
No me atrae hacer turismo, ni por el país ni por el exterior. Sólo sueño con mis vacaciones junto a mi mamá.
Así seguiré haciéndolo.
Este viaje fue lo mejor que se me ocurrió en los últimos tiempos. Salió bien. Hice feliz a mi mamá. Y yo también fui inmensamente feliz.

sábado, 12 de julio de 2014

ARGENTINA CAMPEÓN DEL MUNDO...ASÍ FUE AQUEL FESTEJO EN EL OBELISCO EN EL 86'







































Aquel 29 de junio de 1986, después del 3 a 2 de Argentina a Alemania, en el estadio Azteca de México D.F., el país fue una fiesta.
Yo ya tenía la experiencia de la alegría en Argentina 78', pero todavía vivía en Jujuy y el festejo fue en familia.
En cambio, al Mundial de México, lo viví en Buenos Aires. Y como miles de personas, fui a festejar al Obelisco.
Me había comprado una cámara fotográfica y salí con ella a registrar a una ciudad hermanada por el triunfo de la Selección de Maradona...

Por ese entonces yo trabajaba en la revista "La Revista", donde el fútbol tenía poca cabida, porque para el medio "era muy grasa".
Nosotros teníamos que entrevistar a tenistas, golfistas, jugadores de polo. Toda gente paqueta, acorde con la revista.
De modo tal que el Mundial fue prácticamente pasado por alto. El único que importó alguna vez fue Maradona, pero como tanto él como su familia estaban en México, el fútbol siguió mientras se disputaban los partidos, en un segundo plano, aún logrado el campeonato.
Para mí, en cambio, que siempre fui una "enferma" de la pelotita, era lo más importante que podía existir.
Como todos mis amigos, gente del Espectáculo, no se unían a mi locura, miré sola todos los partidos y por supuesto, el partido de la final.
Cuando terminé de ver la entrega de premios y a Diego levantando el tan ansiado trofeo, salí a la calle a unirme a los festejos de una ciudad feliz.
Yo vivía en un pequeño departamento en el barrio de Recoleta, en Pacheco de Melo y Ayacucho, y decidí bajar caminando por Santa Fe para llegar al Obelisco.
La avenida se había convertido en peatonal, como la mayoría de las calles del centro de Buenos Aires, por la cantidad enorme de gente que salía a festejar. Y en caravana, cantando, saltando y bailando, nos fuimos encaminando al kilómetro cero del país.
Nunca vi a la gente tan hermanada como en ese momento.
Era como si todos nos conociéramos. Hablábamos, nos reíamos y llorábamos de emoción, cuando desde algún altoparlante llegaba la repetición de los goles del "Tata" José Luís Brown, Jorge Valdano y Jorge Burruchaga.
Familias con chicos y bebés, algunos de los cuales deben haber viajado a Río de Janeiro a ver a la Selección de Alejandro Sabella. Gente mayor, que se regalaba una última alegría en sus vidas. Todos unidos para una celebración única.
No faltaron los que se treparon a los semáforos y los disfrazados.
Esto fue lo que hizo un joven que se vistió de Maradona, con una peluca con rulos y se trepó al techo de un taxi a saludar a la gente, que lo aplaudía como si fuera el verdadero genio de la Selección.
En esa época no había el cotillón actual de gorros con cuernos, como dinosaurios, de arlequín, de vedette con antifaz y otros artículos sorprendentes.
Nos conformábamos con una bandera celeste y blanca, una bufanda, una vincha  y una corneta.
Eran pocos los que podían acceder a una camiseta con los colores argentinos, similar a la que usaban los jugadores del plantel de Carlos Bilardo.
Tampoco se usaba vestirse con la camiseta de Argentina como en los últimos Mundiales.
Ya era de noche, cuando un "loco por la Selección", se acercó al Obelisco con un auto pintado de blanco, se notaba que lo había hecho a las apuradas, con la leyenda "Campeón 86 con Diego".
Y lejos del hit del presente "Brasil, decime qué se siente", nosotros cantábamos el clásico: "Vamos, vamos Argentina, vamos, vamos a ganar, que esta barra kilombera no te deja de alentar".
Mi celebración terminó cuando comenzaron a llegar los que habían "brindado" de más y se produjeron algunos desmanes.
De modo tal que volví a casa, a seguir mirando las entrevistas a los jugadores campeones, que la televisión argentina seguía emitiendo desde la capital mexicana.
Había sido un día inolvidable. Maravilloso. Un día  para emocionarse. Un día netamente argentino...

domingo, 22 de junio de 2014

LOS JUGADORES TAMBIÉN CANTARON "BRASIL, DECIME QUÉ SE SIENTE..."

Los jugadores de la Selección Argentina también se prendieron con el tema "Brasil, decime qué se siente...", al ritmo de Los Totoras, en el predio de Belo Horizonte.




"BRASIL, DECIME QUÉ SE SIENTE...", EL HIT DEL MUNDIAL 2014





















Esta es la Selección Argentina, a la que hay que apoyar. Es cierto, no se está jugando bien, pero a poco va a ir encontrando el camino.
Con los grandes jugadores que tiene, todos esperábamos el juego bonito, la gambeta, los sombreritos, los goles de emboquillada, los goles de pizarrón. Los goles.
Ya vendrán esos goles y el despertar de las estrellas de la celeste y blanca.
Se ganaron los dos partidos y el equipo ya está en octavos de final. Y eso es lo que importa.
Lo mejor está por venir, lo intuyo.
Y mucho tiene que ver esa maravillosa hinchada, que sigue la Selección a todas partes. La que banca al plantel. La que se sacrificó, en la mayoría de los casos, para estar en Brasil. La misma hinchada que convirtió en hit el tema "Brasil, decime qué se siente"...


Así cantó la gente en el banderazo previo al partido ante Bosnia.


Pero la locura siguió en las playas, donde hasta los brasileños, pese a que está "dedicada" a ellos, se prenden en el revoleo de banderas, remeras o lo que se tenga a mano...Esto sucedía en Copacabana...


Antes del partido ante Irán, los argentinos volvieron a dar la nota con el hit del Mundial...


Tras el gol agónico de Leo Messi y el pitazo del final del partido ante los iraníes, el "Brasil, decime qué se siente...", se seguía cantando con el corazón...

Por eso, aquí va la letra, para que todos sigamos cantando, estemos donde estemos...

"Brasil, decime qué se siente
tener en casa a tu papá...
Te juro que aunque pasen los años,
nunca nos vamos a olvidar...
que Diego los gambeteó, el Cani los vacunó,
están llorando desde Italia hasta hoy...
A Messi lo vas a ver, la Copa nos va a traer,
Maradona es más grande que Pelé".

sábado, 7 de junio de 2014

AMO SER PERIODISTA

Hoy es mi día. Hoy es un día para agradecerle a Dios y a mucha gente, haber llegado a ser Periodista.
No podría dedicarme a otra cosa, salvo que esté relacionado con el Periodismo.
Hace 36 años que trabajo como periodista. Con algunos intervalos, pequeños, por suerte. Porque lo llevo en el alma y le dediqué mi vida.
Sólo yo sé y algunas de las personas que me rodean, lo que le dedico día a día a esta profesión.
Tiene la particularidad de la sorpresa.
Nunca es igual, aunque la tarea de escribir sea la misma. Pero es distinta porque todos los días suceden cosas de las que hay que hablar y escribir. Y de esa manera, es imposible aburrirse.
Este carnet que muestro (ocultando los datos personales), lo saqué en junio de 1989, cuando trabajaba en la revista "La Revista". Porque como no nos daban una credencial del medio, cuando había que cubrir algún acontecimiento que no fuera una entrevista cara a cara, tenía que estar al lado del fotógrafo, para justificar que era periodista y me dejaran ingresar.
Lo saqué en el Ministerio de Trabajo, pero nunca lo renové, pese a que en el interior del mismo, decía que había que hacerlo cada dos años.
Sucede que ese mismo año, y un poco después de contar con el carnet, me despidieron de la revista y en septiembre ingresé como productora del noticiero "Nuevediario", en Canal 9. Y ya no lo necesité.
Tampoco fue necesario cuando en algún momento, los fines de semana, cubría como periodista los partidos más importantes de Primera División. Con tener la credencial del club, era suficiente.
Y si había alguna otra nota que surgiera, generalmente policiales, con el cubo del noticiero en el micrófono, ya no se necesitaba nada más.
No me voy a extender demasiado. Mi intención en este día, tan especial para mí, es agradecerle a todos los que voluntaria e involuntariamente me ayudaron en esta profesión.
Los primeros, mi familia. Porque desde los 7 años, que empecé con esta ilusión, nunca se opusieron y me alentaron a seguir adelante.
Aunque, después del final del Secundario, mi papá me dijo que todo lo que hiciera desde ese momento, iba a tener que pagármelo yo, no desistí y continué sin detenerme. Y lo valoro, porque eso me endureció y me hizo muy independiente.
Pude pagarme los estudios con mi trabajo. Y hacerlo, la mayoría de los veces, en diarios, agencias de noticias y revistas, me ayudó a crecer profesionalmente.
Sé que me voy olvidar de algunas personas. Desde ya les pido disculpas. Pero voy a mencionar a los que me permitieron trabajar de periodista.
Primero a Enrique Paz, que era el jefe de redacción del diario Pregón, en Jujuy.
Esto fue en abril o mayo de 1978.
Yo había terminado el Secundario el año anterior y como mi mamá no quería que viniera a Buenos Aires (donde yo quería estudiar sí o sí) tan joven, le dije que iba a quedarme un año más.
Tampoco iba a quedarme quieta. Así que un día fui al diario, pedí hablar con el jefe, que era "Quique" Paz y le expliqué que iba a estudiar Periodismo, pero le solicité que me dejara ver cómo era ese mundo.
No le estaba pidiendo trabajo. Sólo quería ver trabajar en la redacción y en la calle a los periodistas.
Gratis, por supuesto. Como un entrenamiento.
Pero él, no sé qué vio en mí, que me dijo que podía tener la oportunidad de trabajar con ellos, si hacía una nota y se publicaba en el diario.
Me mandó a hacerle una nota, no recuerdo a qué funcionario. Y como, aparentemente, la hice bien y se publicó en el diario, empecé a trabajar con ellos.
Fue una experiencia maravillosa, porque todos allí, gente grande, me trataron como a una hija y me respondían todas las preguntas que les hacía sobre el ejercicio de la profesión.
Si bien no duré mucho en ese trabajo, les agradecí a todos, y para siempre, la gran oportunidad.
Al fin de cuentas, yo quería estudiar. Porque aunque todos mis compañeros me decían que no era necesario estudiar para periodista, porque según ellos, el "Periodismo se hace en la calle", yo entendí que debía aprender a hacerlo, tanto en una redacción, como en un noticiero, en una radio. En cualquier lugar.
Al año siguiente, me vine a Buenos Aires a estudiar Periodismo. Lo hice en el Círculo de la Prensa.
A su vez, trabajaba como corresponsal de un nuevo diario en Jujuy, "Pautas". Y trabajaba en la Sección Deportes de la Agencia Noticias Argentinas, donde cubría todo tipo de actividad deportiva, incluso Boxeo.
Es que me ilusión, después de leer las maravillosas notas de Osvaldo Ardizzone en "El Gráfico", era ser periodista deportiva.
Pero como en esa época, no había muchas mujeres que se dedicaran a eso, me iba a sentir marginada. Por eso, en lugar de inscribirme en la Escuela de Periodismo Deportivo, como lo iba a hacer al principio, me anoté en el Círculo de la Prensa, donde iba a tener una enseñanza general, para trabajar en cualquier rubro.
En el año 80', cuando se frustró mi casamiento, decidí volver a recomponerme a Jujuy. Mi familia no me dijo nada y ese fue el mejor apoyo.
Con los dos años que tenía de estudios en Periodismo, fui a pedir trabajo en El Tribuno de Jujuy. Allí trabajé algo más de dos años, donde tuve que soportar la marginalidad por "haber estudiado". Y terminaron echándome, lo cual, dentro de todo, fue un favor que me hicieron.
Aquí debo agradecerle a la Revista "Humor", mi favorita, que publicó como nota, algo que escribí como una carta de lectores: "No me orinen la provincia".
Eso me entusiasmó a seguir con mis sueños. Porque así como lo cuento ahora, como una anécdota, no es nada lindo que te despidan y a mí me dolió que mis comprovincianos me sacaran la "tarjeta roja". Y me prometí a mí misma, no volver nunca más a intentarlo en Jujuy.
En el fondo sentía, que Buenos Aires era mi meta y en esa ruta puse todos mis sentidos.
El otro agradecimiento de ese momento, es para Adolfo Rocassalvas, un compañero de estudios y amigo, a quien le escribí consultándole si conocía a gente de algún medio que podría darme trabajo.
Él me entusiasmó que viajara, que tenía un amigo, un profesor nuestro en el Círculo de la Prensa, que tenía muy buenos contactos en distintos medios.
Viajé a Buenos Aires, fui a ver a ese profesor y él me contactó con "Pancho" Loiácono, que era el director de la revista "Casos", en la Editorial Perfil, donde estaban necesitando cronistas.
Aquí sumo mi agradecimiento a Loiácono, un gran tipo, con quien aprendí mucho del Periodismo de Espectáculos. Y Carlos Llosa, a quien leía y admiraba en "Humor", y era el jefe de redacción.
Mientras la revista estuvo en la calle, porque la cerraron y a mi me mandaron a "Tal Cual", en la misma editorial, pude contar con el apoyo de esos dos profesionales.
También le agradezco a Rubén Tizziani, que me dio trabajo en la incipiente revista "La Revista", que tenía la onda de "Hola", hasta que las malas influencias, hicieron que me echaran de ese lugar.
Pero como Dios siempre tuvo para mí algo mejor. Apareció Horacio Larrosa, que me llamó para trabajar como productora en "Nuevediario".
Una experiencia nueva y a la cual, sin embargo, le puse mi espíritu y mi cuerpo. Y lo seguí haciendo, en los distintos noticieros de Canal 9, con nombres y jefes diferentes, hasta el actual "Telenueve".
Por ser el lugar donde más "me aguantaron" y se volvió mi segundo hogar, le doy un agradecimiento muy especial a Horacio Larrosa, quien me enseñó aquello de: "El periodista lo es los 365 días del año y las 24 horas del día".
Eso lo adopté para toda la vida. Por eso duermo apenas 3 o 4 horas por día, durante la semana. Porque necesito estar siempre informada. El día que deje de actuar de esa manera, habrá llegado la hora de retirarme de la profesión.
Asimismo le agradezco a Gustavo Siegrist, segundo de Larrosa en esa época, con quien no tuve buena relación al principio, pero después respetó mi trabajo y dedicación, y con quien terminé siendo amiga, a la distancia.
A Gustavo le agradezco además, por su consideración y respeto en el breve tiempo que estuvo a cargo de Telenueve, en los últimos meses de 2013 y comienzos de 2014.
Otros agradecimientos para Ricardo Cámara, por ser un señor, en el tiempo que fue director de "Azul Noticias".
A Emilio Giménez Zapiola por reconocer mi trabajo y el año pasado, me dio la sorpresa de elegirme para la recategorización a redactora, tarea que ya venía haciendo desde hacía mucho tiempo.
Con Emilio coincidimos en el amor por los animales. Así que siempre tuve vía libre con las notas que tuvieran que ver con animalitos.
También le agradezco al Vasco Landerreche, cuando lo tuve de jefe en los noticieros del fin de semana. Con él, no sólo pude trabajar con libertad, sino que además se prendía con la diversión. Hacía chistes, bailábamos y hasta jugábamos al fútbol en la redacción.
Otra persona que sumo a mis agradecimientos es Marcelo Antín, que lo tuve como jefe en el noticiero del Amanecer. Y aunque después fue enviado a llevar adelante la producción del noticiero de la tarde, siempre conté que estuviera atento a mis propuestas de notas. Y ahora, que es el responsable como director del noticiero, sigue actuando de la misma manera.
También le agradezco a Pablo Scorofitz por tenerme en cuenta como profesional y valorar mi trabajo. Y porque, las veces que tuve que estar a su lado, en la sala de control del noticiero, nunca me maltrató por no estar acostumbrada a hacer ese tipo de tarea.
También le agradezco a todos los jefes que me echaron. Porque aunque sufrí horrores, a la larga, siempre conseguí algo mejor.
Por último, agradezco a todos los amigos periodistas que fui cosechando a lo largo de mi vida: Marisa Cortés, Héctor Maugeri, Luís Rodríguez, Luis Romero, Hugo Ropero, Rebeca Peiró, Chiche Ferro, Alejo Rivera, Guillermo Andino, Mabel Marchesini, Cristina Pérez, Pedro Ibáñez,  Anita Stollavagli, Alejandra Maroto, Alejandro Labrone, "Chicho" Verdi, Sergio Castro, Mariana Dahbar, María Contartese, María Guerra, Luís Grimaldi, aunque algunos, por uno y otro motivo, no veo hace tiempo. Y a toda la gente que me tiró buena onda a lo largo de estos 25 años en Canal 9 y en el resto de los medios donde trabajé, que son un montón.
A todos, mis bendiciones. Y Feliz Día del Periodista...

lunes, 19 de mayo de 2014

ASÍ VIVÍ LA ALEGRÍA POR RIVER CAMPEÓN

Reí, lloré, grité, aplaudí. Todas las emociones juntas para disfrutar de este campeonato número 35° de River Plate, el equipo de mis amores.
Era la revancha del sufrimiento por ese año fatídico, el 2011, en que nos fuimos a la "B".
Pero salimos.
Y en la entereza del regreso, llegó este premio.
Por eso se festejó tanto. Por eso se lloró tanto. Si hasta el duro de Ramón Díaz, se quebró.
Me quedé abrumada y agradecida por la goleada histórica por 5 a 0 ante el plantel del "bocón" Ricardo Caruso Lombardi.
En el interín, compartí los gritos de gol, vía telefónica con mi mamá, de quien heredé mi fanatismo gallináceo. Después de disfrutar de la celebración en Nuñez, a través de la televisión, que también registré con mi cámara, me puse la campera con los colores y el escudo de River, y me fui a vivir la fiesta en el Obelisco.






Sólo la lluvia que empezó a caer de menor a mayor en intensidad, apresuró mi regreso a casa.
Esto lisa y llanamente porque no había llevado paraguas, y lejos estaba en mi espíritu enfermarme. Demasiado "enferma" estoy por River.
Cómo justificarlo en Canal 9. Demasiado con el franco que me tomé al día siguiente, para poder ir a festejar al Obelisco. De lo contrario, iba a ser imposible.
Fui sola, como siempre. Pero no lo sentí así, con tantos corazones latiendo al mismo ritmo.
Me uní a todos los cantos, menos a los discriminatorios, que en algún momento se escucharon, pero la gente en general no acompañó.
Me gustó esta celebración de River, sin incidentes y en familia.
Si bien algunos comercios tuvieron la precaución de cerrar, otros permanecieron abiertos y nadie fue a destrozar nada con la excusa de la "alegría desmedida".
Por suerte River no festeja con violencia, como los de la "vereda de enfrente", quienes celebraron el 12 de diciembre como los incidentes del 21 de diciembre del 2001.
Había mucha emoción en los hinchas de River.
Es que nos merecíamos volver a estar en el podio, como ya se nos había hecho una costumbre en la década del 90', la que tuve la fortuna de vivir en las canchas y lógicamente después en el Obelisco.
Me emocionaron el primer gol de Cavenaghi a Quilmes, el golazo de Ledesma y sus ojos vidriosos, y por supuesto, las contagiosas lágrimas de Ramón Díaz.
Ramón debió enfrentarse a una prueba de fuego. Muy caliente, por cierto.
Porque no sólo se vio obligado a bajar los decibeles y a acordar un nuevo contrato con las flamantes autoridades del club, sino que tuvo que demostrar que podía sacar campeón al equipo, con lo que había, sin grandes estrellas.
Recuerdo que en la década del 90', había muchos que decían que "cualquiera podía sacar campeón a River con los monstruos que tenía". Pero había que hacer jugar juntos a esos monstruos, dejando de lado sus egos. Y el "Pelado" lo consiguió.
Ahora lo hizo con un equipo más humilde, que fue creciendo poco a poco, que se afianzó en su estadio y que tuvo la particularidad de no achicársele a Boca.
Ya en el verano, el River de Ramón se había quedado con la "Copa de Leche", que le ganó a los "xeneizes". Pero la prueba de fuego fue en el campeonato y con la Bombonera hasta el tope, donde los chicos del riojano, les taparon la boca con un triunfo inapelable.
Yo creo que allí River comenzó a creer que era posible la vuelta olímpica.
Ahora estoy cumpliendo la promesa a San Martín de Porres, un santito que ama los animales y que nadie seguramente había recurrido. Por estar "casi en exclusiva para mí", escuchó mis ruegos y de a poco estoy rezando los 10 Rosarios que le prometí si salíamos campeones.
Gracias River por este campeonato. Gracias mami por haberme hecho hincha de este club. Y gracias a Dios por darme esta felicidad indescriptible...


sábado, 26 de abril de 2014

MI MILAGRO DE SEMANA SANTA


Yo creo en los milagros.
Tuve la suerte, o mejor dicho, la bendición de vivir situaciones fuera de lo común. Pero fueron situaciones que me llenaron el alma y que ratificaron que hay un Dios que los hizo posible.
El último milagro me sorprendió en Semana Santa.
Me sucedió durante la celebración de la Misa de Jueves Santo, en el momento en que los feligreses se saludan unos a otros.
Estaba de vacaciones en Jujuy y acompañé a mi mamá a la celebración religiosa en la Iglesia Nuestra Señora de Guadalupe, en Palpalá.
Era un lugar con mucha gente sencilla, pero con un gran fervor religioso.
Cuando llegamos, sobre la hora de la Misa, a las 18, había una cola kilométrica, que salía del templo, para confesarse. Y eso que en la semana, en todas las iglesias de esa ciudad, varios sacerdotes habían confesado mañana y tarde a muchísimas personas. Aún así, no dieron abasto.
En eso se nota la tarea evangelizadora del Papa Francisco.
Sin embargo, para no demorar demasiado el comienzo de la Misa, el cura decidió interrumpir las confesiones.
La ceremonia religiosa estuvo acompañada de un coro muy afinado, que eligió canciones melodiosas y emotivas, a las que se pudo seguir con los cancioneros que se repartieron entre los asistentes.
Con mi mamá nos ubicamos en el sector de la izquierda y yo me quedé del lado del pasillo central.
En el sector de la derecha, unas filas más adelante, también del lado del pasillo, había una señora mayor, muy humilde, en silla de ruedas, que fue llevada por un hombre de edad madura, que seguramente era su hijo.
Yo no le veía la cara, pero daba la impresión de ser una mujer con rasgos indígenas. Llevaba zapatillas con medias marrones muy gruesas y se cubría la espalda con una chalina de lana.
Desde el primer momento me produjo una cierta ternura, a la cual no podía hallarle una explicación.
Para el momento del lavado de pies, ya estaban designadas las 12 personas. Todas se encontraban sentadas en la primera fila.
Cuando vi que una chica se acercó a fotografiar la ceremonia, yo la imité con mi cámara. Saqué algunas fotos y filmé un video.
El sacerdote, un filipino muy simpático y en zapatillas, no se limitó a los seleccionados, sino que comenzó a lavarle los pies a más personas. Entre ellas, la viejita de la silla de ruedas.
Se cruzó del sector de la izquierda, donde le había lavado un pie a un joven, hasta donde estaba la mujer.
El que parecía ser el hijo de la anciana, se encargó de quitarle las medias gastadas. Y ella estaba como avergonzada por la repentina elección del sacerdote.
Volví a levantarme para tomar más fotos.
Saqué el momento en que el padre Gilbert le mojaba el pie derecho. Allí le vi la cara a la señora. Era un típico rostro curtido del norte argentino.
La siguiente foto se la tomé desde atrás. Y retorné a mi lugar.
Hasta allí todo normal.
Lo increíble se produjo en el momento en que se desea la paz a quien se tiene al lado y a las personas más cercanas.
Con mamá nos dimos un beso y luego empezamos a dar la mano a nuestros vecinos de banco.
De pronto, aunque no estaba muy cerca, tuve la necesidad de ir a saludar a la abuela de la silla de ruedas.
Cuando me acerqué a darle la mano, no era el mismo rostro de la mujer indígena de la Quebrada de Humahuaca. Era el rostro de mi abuela Eleuteria, la mamá de mi mamá, que me sonreía con el diente de oro, tan característico en ella.
Ese fue el milagro. Porque mi abuela, mi adorada abuela, en julio se cumplirán 42 años que ya no la tengo.
Con una emoción enorme e incontenible, retorné a donde estaba mi mamá.
Pero no le dije nada, porque si lo hacía, me iba a largar a llorar con gemidos incluidos.
De todas maneras, no pude evitar llorar en silencio y logré disimular mis lágrimas ante mi mamá, que por suerte estaba muy entusiasmada entonando las canciones religiosas.
Cuando la Misa y luego la adoración al Santísimo llegaron a su fin y salimos de la iglesia, le conté a mi mamá lo que me había pasado.
Ella no se había dado cuenta de mi emoción desmedida.
Mi mamá me dijo: "¿por qué no me lo comentaste en ese momento, así yo también la saludaba?". Y yo le respondí: "Porque me quedé muda y conmovida, y seguramente no ibas a ver lo que yo había visto".
Mi abuela había venido por mí. Y yo le agradezco tanto a Dios su visita...