Reí, lloré, grité, aplaudí. Todas las emociones juntas para disfrutar de este campeonato número 35° de River Plate, el equipo de mis amores.
Era la revancha del sufrimiento por ese año fatídico, el 2011, en que nos fuimos a la "B".
Pero salimos.
Y en la entereza del regreso, llegó este premio.
Por eso se festejó tanto. Por eso se lloró tanto. Si hasta el duro de Ramón Díaz, se quebró.
Me quedé abrumada y agradecida por la goleada histórica por 5 a 0 ante el plantel del "bocón" Ricardo Caruso Lombardi.
En el interín, compartí los gritos de gol, vía telefónica con mi mamá, de quien heredé mi fanatismo gallináceo. Después de disfrutar de la celebración en Nuñez, a través de la televisión, que también registré con mi cámara, me puse la campera con los colores y el escudo de River, y me fui a vivir la fiesta en el Obelisco.
allowfullscreen> Un sitio donde reflejo los momentos buenos, malos, emotivos y graciosos que me han tocado vivir
lunes, 19 de mayo de 2014
ASÍ VIVÍ LA ALEGRÍA POR RIVER CAMPEÓN
Sólo la lluvia que empezó a caer de menor a mayor en intensidad, apresuró mi regreso a casa.
Esto lisa y llanamente porque no había llevado paraguas, y lejos estaba en mi espíritu enfermarme. Demasiado "enferma" estoy por River.
Cómo justificarlo en Canal 9. Demasiado con el franco que me tomé al día siguiente, para poder ir a festejar al Obelisco. De lo contrario, iba a ser imposible.
Fui sola, como siempre. Pero no lo sentí así, con tantos corazones latiendo al mismo ritmo.
Me uní a todos los cantos, menos a los discriminatorios, que en algún momento se escucharon, pero la gente en general no acompañó.
Me gustó esta celebración de River, sin incidentes y en familia.
Si bien algunos comercios tuvieron la precaución de cerrar, otros permanecieron abiertos y nadie fue a destrozar nada con la excusa de la "alegría desmedida".
Por suerte River no festeja con violencia, como los de la "vereda de enfrente", quienes celebraron el 12 de diciembre como los incidentes del 21 de diciembre del 2001.
Había mucha emoción en los hinchas de River.
Es que nos merecíamos volver a estar en el podio, como ya se nos había hecho una costumbre en la década del 90', la que tuve la fortuna de vivir en las canchas y lógicamente después en el Obelisco.
Me emocionaron el primer gol de Cavenaghi a Quilmes, el golazo de Ledesma y sus ojos vidriosos, y por supuesto, las contagiosas lágrimas de Ramón Díaz.
Ramón debió enfrentarse a una prueba de fuego. Muy caliente, por cierto.
Porque no sólo se vio obligado a bajar los decibeles y a acordar un nuevo contrato con las flamantes autoridades del club, sino que tuvo que demostrar que podía sacar campeón al equipo, con lo que había, sin grandes estrellas.
Recuerdo que en la década del 90', había muchos que decían que "cualquiera podía sacar campeón a River con los monstruos que tenía". Pero había que hacer jugar juntos a esos monstruos, dejando de lado sus egos. Y el "Pelado" lo consiguió.
Ahora lo hizo con un equipo más humilde, que fue creciendo poco a poco, que se afianzó en su estadio y que tuvo la particularidad de no achicársele a Boca.
Ya en el verano, el River de Ramón se había quedado con la "Copa de Leche", que le ganó a los "xeneizes". Pero la prueba de fuego fue en el campeonato y con la Bombonera hasta el tope, donde los chicos del riojano, les taparon la boca con un triunfo inapelable.
Yo creo que allí River comenzó a creer que era posible la vuelta olímpica.
Ahora estoy cumpliendo la promesa a San Martín de Porres, un santito que ama los animales y que nadie seguramente había recurrido. Por estar "casi en exclusiva para mí", escuchó mis ruegos y de a poco estoy rezando los 10 Rosarios que le prometí si salíamos campeones.
Gracias River por este campeonato. Gracias mami por haberme hecho hincha de este club. Y gracias a Dios por darme esta felicidad indescriptible...
sábado, 26 de abril de 2014
MI MILAGRO DE SEMANA SANTA
Yo creo en los milagros.
Tuve la suerte, o mejor dicho, la bendición de vivir situaciones fuera de lo común. Pero fueron situaciones que me llenaron el alma y que ratificaron que hay un Dios que los hizo posible.
El último milagro me sorprendió en Semana Santa.
Me sucedió durante la celebración de la Misa de Jueves Santo, en el momento en que los feligreses se saludan unos a otros.
Estaba de vacaciones en Jujuy y acompañé a mi mamá a la celebración religiosa en la Iglesia Nuestra Señora de Guadalupe, en Palpalá.
Era un lugar con mucha gente sencilla, pero con un gran fervor religioso.
Cuando llegamos, sobre la hora de la Misa, a las 18, había una cola kilométrica, que salía del templo, para confesarse. Y eso que en la semana, en todas las iglesias de esa ciudad, varios sacerdotes habían confesado mañana y tarde a muchísimas personas. Aún así, no dieron abasto.
En eso se nota la tarea evangelizadora del Papa Francisco.
Sin embargo, para no demorar demasiado el comienzo de la Misa, el cura decidió interrumpir las confesiones.
La ceremonia religiosa estuvo acompañada de un coro muy afinado, que eligió canciones melodiosas y emotivas, a las que se pudo seguir con los cancioneros que se repartieron entre los asistentes.
Con mi mamá nos ubicamos en el sector de la izquierda y yo me quedé del lado del pasillo central.
En el sector de la derecha, unas filas más adelante, también del lado del pasillo, había una señora mayor, muy humilde, en silla de ruedas, que fue llevada por un hombre de edad madura, que seguramente era su hijo.
Yo no le veía la cara, pero daba la impresión de ser una mujer con rasgos indígenas. Llevaba zapatillas con medias marrones muy gruesas y se cubría la espalda con una chalina de lana.
Desde el primer momento me produjo una cierta ternura, a la cual no podía hallarle una explicación.
Para el momento del lavado de pies, ya estaban designadas las 12 personas. Todas se encontraban sentadas en la primera fila.
Cuando vi que una chica se acercó a fotografiar la ceremonia, yo la imité con mi cámara. Saqué algunas fotos y filmé un video.
El sacerdote, un filipino muy simpático y en zapatillas, no se limitó a los seleccionados, sino que comenzó a lavarle los pies a más personas. Entre ellas, la viejita de la silla de ruedas.
Se cruzó del sector de la izquierda, donde le había lavado un pie a un joven, hasta donde estaba la mujer.
El que parecía ser el hijo de la anciana, se encargó de quitarle las medias gastadas. Y ella estaba como avergonzada por la repentina elección del sacerdote.
Volví a levantarme para tomar más fotos.
Saqué el momento en que el padre Gilbert le mojaba el pie derecho. Allí le vi la cara a la señora. Era un típico rostro curtido del norte argentino.
La siguiente foto se la tomé desde atrás. Y retorné a mi lugar.
Hasta allí todo normal.
Lo increíble se produjo en el momento en que se desea la paz a quien se tiene al lado y a las personas más cercanas.
Con mamá nos dimos un beso y luego empezamos a dar la mano a nuestros vecinos de banco.
De pronto, aunque no estaba muy cerca, tuve la necesidad de ir a saludar a la abuela de la silla de ruedas.
Cuando me acerqué a darle la mano, no era el mismo rostro de la mujer indígena de la Quebrada de Humahuaca. Era el rostro de mi abuela Eleuteria, la mamá de mi mamá, que me sonreía con el diente de oro, tan característico en ella.
Ese fue el milagro. Porque mi abuela, mi adorada abuela, en julio se cumplirán 42 años que ya no la tengo.
Con una emoción enorme e incontenible, retorné a donde estaba mi mamá.
Pero no le dije nada, porque si lo hacía, me iba a largar a llorar con gemidos incluidos.
De todas maneras, no pude evitar llorar en silencio y logré disimular mis lágrimas ante mi mamá, que por suerte estaba muy entusiasmada entonando las canciones religiosas.
Cuando la Misa y luego la adoración al Santísimo llegaron a su fin y salimos de la iglesia, le conté a mi mamá lo que me había pasado.
Ella no se había dado cuenta de mi emoción desmedida.
Mi mamá me dijo: "¿por qué no me lo comentaste en ese momento, así yo también la saludaba?". Y yo le respondí: "Porque me quedé muda y conmovida, y seguramente no ibas a ver lo que yo había visto".
Mi abuela había venido por mí. Y yo le agradezco tanto a Dios su visita...
lunes, 14 de abril de 2014
MISA DE DOMINGO DE RAMOS EN LA CATEDRAL METROPOLITANA
Este domingo comenzó la Semana Santa con la celebración de la Misa de Ramos.
Elegí ir a la Misa de las 10 en la Catedral Metropolitana, donde una gran cantidad de feligreses colmaron el templo con sus ramos de olivo.
Yo había comprado el ramo el día anterior en un puesto de flores, en San Cristóbal.
Como me pasó a mí en otras oportunidades, que alguna persona generosa me obsequiara un ramito, esta vez fui yo quien le regaló un ramito a una madre y su hija, dos turistas españolas que se mostraron muy agradecidas por mi actitud espontánea, al verlas con las manos vacías.
La ceremonia fue muy emotiva. Al menos yo lo sentí así.
Una imagen de Jesús montado en un asno, que se colocó en el altar, fue la que precedió las palabras del obispo auxiliar, monseñor Enrique Eguía Seguí, quien desde la puerta de la catedral,contó el origen del olivo como símbolo para darle la bienvenida a Cristo en Jerusalén.
Luego que Noé lograra salvarse del diluvio universal con su familia y parejas de animales de cada especie, pasados algunos días, decidió enviar una paloma para saber si la tierra podía volver a habitarse.
Poco tiempo después el animal regresó con un ramito de olivo en el pico. Eso le dio la pauta a Noé que era el momento de bajar a comenzar una nueva vida.
A ese relato le siguió el paso de los sacerdotes bendiciendo los ramos, mientras un coro deleitaba con sus cantos religiosos.
Seguidamente, estos mismos sacerdotes, ingresaron en procesión hasta el altar, para continuar con la celebración de la Misa desde el altar.
Allí comenzó la lectura de la Pasión de Jesús, que cuenta los sufrimientos del hijo de Dios, previos a su muerte en la cruz.
Todos los años me sucede lo mismo: vivo ese relato como si alguien muy cercano a mí fuera víctima de esas torturas y humillaciones. Será porque a Cristo lo siento como a un ser muy familiar. Y no puedo evitar llorar.
Llegó el tiempo para reflexionar. Para mirarse adentro. Para agradecer y pedir perdón.
Un tiempo para rezar y si es posible hacer una obra de caridad.
Un tiempo para compartir con los seres queridos.
Un tiempo para el silencio y para leer la palabra de Dios.
Cristo nos está esperando. No lo desaprovechemos.
Y el domingo, Felices Pascuas para todos...
viernes, 11 de abril de 2014
UNA NOTICIA QUE EMOCIONA: EL NENE QUE HIZO LLORAR A RADAMEL FALCAO
Me llegaron al corazón las lágrimas de este chico colombiano de 12 años, al conocer a su ídolo, Radamel Falcao.
Michael Stiven es un nene de escasos recursos que vive en Bolívar, Bogotá, quien gracias a la Fundación Revel, de su ciudad, pudo llegar con otros dos chicos de casi su misma edad, a tener un mano a mano con ex jugador de River.
El encuentro fue en la previa entre el Real Madrid y el Borussia Dortmund, en España, ya que Michael fue becado por la mencionada fundación para participar de un curso de las escuelas del equipo de Cristiano Ronaldo.
Eran tan conmovedor el llanto de ese pequeño, sumado a esto sus palabras de aliento a Falcao, que el futbolista no pudo evitar llorar, ante ese amor de fanático, puro e ilimitado.
El nene no paraba de decirle que tenía 130 recortes sobre el "Tigre" en su casa y que no le importaba que lo tildaran de loco.
Es que Michael prácticamente se apoderó de su ídolo, captando su atención. Los otros chicos estaban "dibujados", si no hubiera sido por Radamel, que de a ratos les hacía alguna que otra pregunta.
Stiven le besaba la mano, se arrodillaba, se tapaba los ojos y cuando se sacaba las manos, se sorprendía de ver que el jugador de la Selección Colombiana no era un sueño.
El chico se mostró convencido que, en nombre de Dios, del cual Falcao es tan devoto, va a conseguir la recuperación definitiva de su pierna izquierda, operada hace poco tiempo.
El futbolista está trabajando muy duro en su recuperación para jugar el Mundial en Brasil para su país. Seguramente con su fe y el empuje de gente como su fan, delantero como él, hará realidad su sueño.
UNA NOTICIA QUE DA BRONCA: EL MALTRATO A LOS ABUELITOS
Se hizo justicia para estos abuelitos de un hogar de ancianos con problemas neurológicos y psiquiátricos en Vado Ligure, en la provincia italiana de Savona.
La Guardia di Finanza, la policía local, arrestó a 12 trabajadores sociales médicos, quienes lejos de cumplir con su deber de cuidar, sanar, brindar contención a sus pacientes, los golpeaban con puñetazos, patadas y cachetadas, además de humillarlos con gestos y palabras.
La investigación comenzó a partir de la denuncia de los familiares de los ancianos, algunos de los cuales, que vencieron el terror, les dijeron que no querían estar más allí porque "me van a matar".
Bajo el mando del fiscal adjunto de Savona, Iron John el Bautista, se colocaron cámaras en lugares estratégicos, que a lo largo de 50 días grabaron más de 100 incidentes de malos tratos.
Con tanta evidencia, el juez de instrucción Giorgi Fiorenza, ordenó la inmediata detención de las personas que estaban a cargo de los viejitos.
Nueve de ellos, por contar con el mayor número de agresiones y humillaciones, terminaron en la cárcel. Los tres restantes quedaron bajo arresto domiciliario.
Sólo cuatro de los 16 operadores del hogar, resultaron ajenos a los episodios.
Duele en el alma ver tanta agresión gratuita con gente indefensa. Sólo espero que la cárcel y el repudio generalizado haga reflexionar a esas basuras humanas, que se recibieron de trabajadores sociales y deben ejercer su tarea cuidando al prójimo, en este caso a los abuelos del geriátrico y no torturarlos como lo hicieron.
domingo, 30 de marzo de 2014
HAY QUE VOLVER A TILCARA
Así como la Selección Argentina debe volver a Tilcara para cumplir la promesa ante la Virgen de Copacabana de lograr la Copa Mundial en México 86', que se consiguió, pero nadie se acercó a agradecer, yo también tengo una deuda con ese hermoso lugar en la quebrada jujeña.
La última vez que estuve allí fue en enero de 1994.
En la década del 80' y principios de la del 90', hice algunos viajes donde pude recorrer sus calles de tierra, me dejé quemar por ese sol abrazador, en verano y en invierno, y trepé con paciencia el Pucará, para poder disfrutar desde la altura, cerca del cielo, de un paisaje único y maravilloso.
La mayoría de las veces fui con mi hermano Jaño.
Recuerdo que en un invierno, en el mes de julio, llegamos muy temprano, cuando la temperatura era bastante baja. Pero con el correr de las horas, el sol comenzó a calentar y la jornada se tornó agradable. Y nos vimos obligados a quitarnos las camperas.
En otra oportunidad, fuimos en verano y el calor era tan insoportable que mi hermano terminó sin remera.
Pese a que está prohibido tocar las esculturas, el muy vivo se hizo el enamorado de una de ellas y así lo registré, abrazándola y simulando darle un tierno beso.
Eran inolvidables esos paseos por lo divertido que es Jaño.
Sin embargo, no todo fue color de rosa en esos viajes al norte.
En un verano, que no me acuerdo el año, programamos con Jaño un viaje a Tilcara y a mí se me ocurrió llevarla a mamá. Porque ella no conocía la Quebrada de Humahuaca.
La pasamos bárbaro mientras el día estuvo radiante. Hasta que se vino una terrible tormenta y la situación se volvió muy preocupante.
La lluvia no duró demasiado. Sin embargo, a pocos kilómetros de Tilcara, a la altura de la localidad de Volcán, se produjo un alud y por precaución decidieron cortar la circulación por la ruta nacional 9.
Lo peor es que nosotros quedamos del otro lado y por ende no podíamos regresar a casa. Al menos, no de inmediato.
Del corte nos enteramos cuando volvíamos en micro y nos obligaron a bajar unos metros antes del lugar donde se había producido el alud.
Había dos posibilidades: o nos quedábamos a pasar la noche en Tilcara o nos jugábamos a caminar unos 3 o 4 kilómetros para tomar otro micro que esperaba del lado de Volcán.
Aunque sabíamos que corríamos un serio riesgo, optamos por lo segundo. Y no fuimos los únicos, porque la mayoría de la gente que viajaba en el micro, decidió caminar a la par nuestra.
Imposible poder explicar lo culpable que me sentí en ese momento. Cualquier cosa que le pudiera suceder a mi mamá, yo sería la única responsable y no me lo iba a perdonar nunca.
Esos kilómetros que tuvimos que recorrer fueron interminables.
No había escapatoria en caso de un desmoronamiento de tierra. A la derecha teníamos la montaña, donde de a ratos se veían rodar algunas piedras. Y a la izquierda, el precipicio que daba al Río Grande.
Lo que se me ocurrió en ese instante fue empezar a rezar y no paré hasta que llegamos, y pudimos subirnos al primer micro que iba en dirección a la ciudad de Jujuy.
De más está decir que nunca más invité a mi mamá a "ir al norte". Y ella tampoco, ni siquiera con mis hermanos, volvió a embarcarse en un paseo tan incierto.
En otra ocasión llevé a mi amiga Marisa Cortéz.
Fue en unas vacaciones de invierno. Yo viajé por dos semanas a ver a mi familia y ella se quedó sólo una.
Ya lo conté en otra oportunidad, pero bien vale recordar algo de ese paseo tan divertido que hicimos.
Fuimos en micro hasta Humahuaca, donde recorrimos la localidad en pocas horas. Como quería que Marisa conociera más de mi provincia, decidí llevarla a Tilcara. Pero nos encontramos con que no había ningún micro hasta la noche. Y nosotras no podíamos esperar tanto.
De modo que decidimos hacer dedo.
Allí nos sucedió una situación insólita. Nos levantó un francés muy simpático, que no hablaba español, pero que sabía algo de inglés, y en medio de la Quebrada iba escuchando el Bolero de Ravel.
Más insólito que eso, imposible. Encima el francés, se quedó prendado de mi amiga y tuvieron después un breve romance.
¿Habrá tenido que ver la magia de Tilcara?. Vaya uno a saber.
Donde la magia no se hizo presente, fue en mi último viaje, hace algo más de 20 años.
Yo acababa de sufrir la desilusión amorosa más triste de mi vida y me fui dos días a llorar. A dejar mis lágrimas en la montaña, para volver renovada y dispuesta a empezar de nuevo.
En lo alto del Pucará del Tilcara, el mismo lugar donde antes había disfrutado del más bello de los paisajes, tomé la decisión extrema de no enamorarme nunca más.
No fue nada fácil romper con los sueños de cualquier mujer, de encontrar a alguien, casarse, tener hijos. En definitiva, armar una familia.
Sin embargo, a duras penas, lo conseguí y siento no haberme equivocado.
Cuando la vida te ofrece amores no correspondidos, es porque algo está fallando. Como siento que quien falla soy yo y sin saber cuál es el motivo, es que creí que lo mejor era cortar por lo sano. Y santo remedio.
Ahora sí, sin nadie para llorar, pero feliz por haber aprendido a disfrutar de mi soledad, es que me debo un retorno a Tilcara.
Y hasta podría pasar por la Virgen de Copacabana, simplemente para agradecerle estar viva.
La última vez que estuve allí fue en enero de 1994.
En la década del 80' y principios de la del 90', hice algunos viajes donde pude recorrer sus calles de tierra, me dejé quemar por ese sol abrazador, en verano y en invierno, y trepé con paciencia el Pucará, para poder disfrutar desde la altura, cerca del cielo, de un paisaje único y maravilloso.
La mayoría de las veces fui con mi hermano Jaño.
Recuerdo que en un invierno, en el mes de julio, llegamos muy temprano, cuando la temperatura era bastante baja. Pero con el correr de las horas, el sol comenzó a calentar y la jornada se tornó agradable. Y nos vimos obligados a quitarnos las camperas.
En otra oportunidad, fuimos en verano y el calor era tan insoportable que mi hermano terminó sin remera.
Pese a que está prohibido tocar las esculturas, el muy vivo se hizo el enamorado de una de ellas y así lo registré, abrazándola y simulando darle un tierno beso.
Eran inolvidables esos paseos por lo divertido que es Jaño.
Sin embargo, no todo fue color de rosa en esos viajes al norte.
En un verano, que no me acuerdo el año, programamos con Jaño un viaje a Tilcara y a mí se me ocurrió llevarla a mamá. Porque ella no conocía la Quebrada de Humahuaca.
La pasamos bárbaro mientras el día estuvo radiante. Hasta que se vino una terrible tormenta y la situación se volvió muy preocupante.
La lluvia no duró demasiado. Sin embargo, a pocos kilómetros de Tilcara, a la altura de la localidad de Volcán, se produjo un alud y por precaución decidieron cortar la circulación por la ruta nacional 9.
Lo peor es que nosotros quedamos del otro lado y por ende no podíamos regresar a casa. Al menos, no de inmediato.
Del corte nos enteramos cuando volvíamos en micro y nos obligaron a bajar unos metros antes del lugar donde se había producido el alud.
Había dos posibilidades: o nos quedábamos a pasar la noche en Tilcara o nos jugábamos a caminar unos 3 o 4 kilómetros para tomar otro micro que esperaba del lado de Volcán.
Aunque sabíamos que corríamos un serio riesgo, optamos por lo segundo. Y no fuimos los únicos, porque la mayoría de la gente que viajaba en el micro, decidió caminar a la par nuestra.
Imposible poder explicar lo culpable que me sentí en ese momento. Cualquier cosa que le pudiera suceder a mi mamá, yo sería la única responsable y no me lo iba a perdonar nunca.
Esos kilómetros que tuvimos que recorrer fueron interminables.
No había escapatoria en caso de un desmoronamiento de tierra. A la derecha teníamos la montaña, donde de a ratos se veían rodar algunas piedras. Y a la izquierda, el precipicio que daba al Río Grande.
Lo que se me ocurrió en ese instante fue empezar a rezar y no paré hasta que llegamos, y pudimos subirnos al primer micro que iba en dirección a la ciudad de Jujuy.
De más está decir que nunca más invité a mi mamá a "ir al norte". Y ella tampoco, ni siquiera con mis hermanos, volvió a embarcarse en un paseo tan incierto.
En otra ocasión llevé a mi amiga Marisa Cortéz.
Fue en unas vacaciones de invierno. Yo viajé por dos semanas a ver a mi familia y ella se quedó sólo una.
Ya lo conté en otra oportunidad, pero bien vale recordar algo de ese paseo tan divertido que hicimos.
Fuimos en micro hasta Humahuaca, donde recorrimos la localidad en pocas horas. Como quería que Marisa conociera más de mi provincia, decidí llevarla a Tilcara. Pero nos encontramos con que no había ningún micro hasta la noche. Y nosotras no podíamos esperar tanto.
De modo que decidimos hacer dedo.
Allí nos sucedió una situación insólita. Nos levantó un francés muy simpático, que no hablaba español, pero que sabía algo de inglés, y en medio de la Quebrada iba escuchando el Bolero de Ravel.
Más insólito que eso, imposible. Encima el francés, se quedó prendado de mi amiga y tuvieron después un breve romance.
¿Habrá tenido que ver la magia de Tilcara?. Vaya uno a saber.
Donde la magia no se hizo presente, fue en mi último viaje, hace algo más de 20 años.
Yo acababa de sufrir la desilusión amorosa más triste de mi vida y me fui dos días a llorar. A dejar mis lágrimas en la montaña, para volver renovada y dispuesta a empezar de nuevo.
En lo alto del Pucará del Tilcara, el mismo lugar donde antes había disfrutado del más bello de los paisajes, tomé la decisión extrema de no enamorarme nunca más.
No fue nada fácil romper con los sueños de cualquier mujer, de encontrar a alguien, casarse, tener hijos. En definitiva, armar una familia.
Sin embargo, a duras penas, lo conseguí y siento no haberme equivocado.
Cuando la vida te ofrece amores no correspondidos, es porque algo está fallando. Como siento que quien falla soy yo y sin saber cuál es el motivo, es que creí que lo mejor era cortar por lo sano. Y santo remedio.
Ahora sí, sin nadie para llorar, pero feliz por haber aprendido a disfrutar de mi soledad, es que me debo un retorno a Tilcara.
Y hasta podría pasar por la Virgen de Copacabana, simplemente para agradecerle estar viva.
domingo, 16 de marzo de 2014
TEMPORAL EN BUENOS AIRES
Cómo será de monótona mi vida últimamente, que lo más extraordinario que encontré para publicar en mi blog, después de más de un mes de silencio, fue la lluvia torrencial que cayó en la ciudad de Buenos Aires el 14 de marzo.
Tampoco había mucho para decir.
Sólo fui registrando con mi cámara, el recorrido del taxi desde Canal 9 hasta mi casa.
En los videos se escuchaba la radio del taxi y de a ratos, mis palabras, porque iba hablando por teléfono con mi mamá.
Además de la lluvia que caía como si fueran baldazos, lo más sobresaliente fue lo caro que me salió el viaje. Nos encontramos con varios cortes por calles anegadas y por ese motivo, con largas colas de vehículos en las zonas donde el agua se escurría con mayor facilidad.
Tampoco había mucho para decir.
Sólo fui registrando con mi cámara, el recorrido del taxi desde Canal 9 hasta mi casa.
En los videos se escuchaba la radio del taxi y de a ratos, mis palabras, porque iba hablando por teléfono con mi mamá.
Además de la lluvia que caía como si fueran baldazos, lo más sobresaliente fue lo caro que me salió el viaje. Nos encontramos con varios cortes por calles anegadas y por ese motivo, con largas colas de vehículos en las zonas donde el agua se escurría con mayor facilidad.
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