Un sitio donde reflejo los momentos buenos, malos, emotivos y graciosos que me han tocado vivir
sábado, 26 de abril de 2014
MI MILAGRO DE SEMANA SANTA
Yo creo en los milagros.
Tuve la suerte, o mejor dicho, la bendición de vivir situaciones fuera de lo común. Pero fueron situaciones que me llenaron el alma y que ratificaron que hay un Dios que los hizo posible.
El último milagro me sorprendió en Semana Santa.
Me sucedió durante la celebración de la Misa de Jueves Santo, en el momento en que los feligreses se saludan unos a otros.
Estaba de vacaciones en Jujuy y acompañé a mi mamá a la celebración religiosa en la Iglesia Nuestra Señora de Guadalupe, en Palpalá.
Era un lugar con mucha gente sencilla, pero con un gran fervor religioso.
Cuando llegamos, sobre la hora de la Misa, a las 18, había una cola kilométrica, que salía del templo, para confesarse. Y eso que en la semana, en todas las iglesias de esa ciudad, varios sacerdotes habían confesado mañana y tarde a muchísimas personas. Aún así, no dieron abasto.
En eso se nota la tarea evangelizadora del Papa Francisco.
Sin embargo, para no demorar demasiado el comienzo de la Misa, el cura decidió interrumpir las confesiones.
La ceremonia religiosa estuvo acompañada de un coro muy afinado, que eligió canciones melodiosas y emotivas, a las que se pudo seguir con los cancioneros que se repartieron entre los asistentes.
Con mi mamá nos ubicamos en el sector de la izquierda y yo me quedé del lado del pasillo central.
En el sector de la derecha, unas filas más adelante, también del lado del pasillo, había una señora mayor, muy humilde, en silla de ruedas, que fue llevada por un hombre de edad madura, que seguramente era su hijo.
Yo no le veía la cara, pero daba la impresión de ser una mujer con rasgos indígenas. Llevaba zapatillas con medias marrones muy gruesas y se cubría la espalda con una chalina de lana.
Desde el primer momento me produjo una cierta ternura, a la cual no podía hallarle una explicación.
Para el momento del lavado de pies, ya estaban designadas las 12 personas. Todas se encontraban sentadas en la primera fila.
Cuando vi que una chica se acercó a fotografiar la ceremonia, yo la imité con mi cámara. Saqué algunas fotos y filmé un video.
El sacerdote, un filipino muy simpático y en zapatillas, no se limitó a los seleccionados, sino que comenzó a lavarle los pies a más personas. Entre ellas, la viejita de la silla de ruedas.
Se cruzó del sector de la izquierda, donde le había lavado un pie a un joven, hasta donde estaba la mujer.
El que parecía ser el hijo de la anciana, se encargó de quitarle las medias gastadas. Y ella estaba como avergonzada por la repentina elección del sacerdote.
Volví a levantarme para tomar más fotos.
Saqué el momento en que el padre Gilbert le mojaba el pie derecho. Allí le vi la cara a la señora. Era un típico rostro curtido del norte argentino.
La siguiente foto se la tomé desde atrás. Y retorné a mi lugar.
Hasta allí todo normal.
Lo increíble se produjo en el momento en que se desea la paz a quien se tiene al lado y a las personas más cercanas.
Con mamá nos dimos un beso y luego empezamos a dar la mano a nuestros vecinos de banco.
De pronto, aunque no estaba muy cerca, tuve la necesidad de ir a saludar a la abuela de la silla de ruedas.
Cuando me acerqué a darle la mano, no era el mismo rostro de la mujer indígena de la Quebrada de Humahuaca. Era el rostro de mi abuela Eleuteria, la mamá de mi mamá, que me sonreía con el diente de oro, tan característico en ella.
Ese fue el milagro. Porque mi abuela, mi adorada abuela, en julio se cumplirán 42 años que ya no la tengo.
Con una emoción enorme e incontenible, retorné a donde estaba mi mamá.
Pero no le dije nada, porque si lo hacía, me iba a largar a llorar con gemidos incluidos.
De todas maneras, no pude evitar llorar en silencio y logré disimular mis lágrimas ante mi mamá, que por suerte estaba muy entusiasmada entonando las canciones religiosas.
Cuando la Misa y luego la adoración al Santísimo llegaron a su fin y salimos de la iglesia, le conté a mi mamá lo que me había pasado.
Ella no se había dado cuenta de mi emoción desmedida.
Mi mamá me dijo: "¿por qué no me lo comentaste en ese momento, así yo también la saludaba?". Y yo le respondí: "Porque me quedé muda y conmovida, y seguramente no ibas a ver lo que yo había visto".
Mi abuela había venido por mí. Y yo le agradezco tanto a Dios su visita...
lunes, 14 de abril de 2014
MISA DE DOMINGO DE RAMOS EN LA CATEDRAL METROPOLITANA
Este domingo comenzó la Semana Santa con la celebración de la Misa de Ramos.
Elegí ir a la Misa de las 10 en la Catedral Metropolitana, donde una gran cantidad de feligreses colmaron el templo con sus ramos de olivo.
Yo había comprado el ramo el día anterior en un puesto de flores, en San Cristóbal.
Como me pasó a mí en otras oportunidades, que alguna persona generosa me obsequiara un ramito, esta vez fui yo quien le regaló un ramito a una madre y su hija, dos turistas españolas que se mostraron muy agradecidas por mi actitud espontánea, al verlas con las manos vacías.
La ceremonia fue muy emotiva. Al menos yo lo sentí así.
Una imagen de Jesús montado en un asno, que se colocó en el altar, fue la que precedió las palabras del obispo auxiliar, monseñor Enrique Eguía Seguí, quien desde la puerta de la catedral,contó el origen del olivo como símbolo para darle la bienvenida a Cristo en Jerusalén.
Luego que Noé lograra salvarse del diluvio universal con su familia y parejas de animales de cada especie, pasados algunos días, decidió enviar una paloma para saber si la tierra podía volver a habitarse.
Poco tiempo después el animal regresó con un ramito de olivo en el pico. Eso le dio la pauta a Noé que era el momento de bajar a comenzar una nueva vida.
A ese relato le siguió el paso de los sacerdotes bendiciendo los ramos, mientras un coro deleitaba con sus cantos religiosos.
Seguidamente, estos mismos sacerdotes, ingresaron en procesión hasta el altar, para continuar con la celebración de la Misa desde el altar.
Allí comenzó la lectura de la Pasión de Jesús, que cuenta los sufrimientos del hijo de Dios, previos a su muerte en la cruz.
Todos los años me sucede lo mismo: vivo ese relato como si alguien muy cercano a mí fuera víctima de esas torturas y humillaciones. Será porque a Cristo lo siento como a un ser muy familiar. Y no puedo evitar llorar.
Llegó el tiempo para reflexionar. Para mirarse adentro. Para agradecer y pedir perdón.
Un tiempo para rezar y si es posible hacer una obra de caridad.
Un tiempo para compartir con los seres queridos.
Un tiempo para el silencio y para leer la palabra de Dios.
Cristo nos está esperando. No lo desaprovechemos.
Y el domingo, Felices Pascuas para todos...
viernes, 11 de abril de 2014
UNA NOTICIA QUE EMOCIONA: EL NENE QUE HIZO LLORAR A RADAMEL FALCAO
Me llegaron al corazón las lágrimas de este chico colombiano de 12 años, al conocer a su ídolo, Radamel Falcao.
Michael Stiven es un nene de escasos recursos que vive en Bolívar, Bogotá, quien gracias a la Fundación Revel, de su ciudad, pudo llegar con otros dos chicos de casi su misma edad, a tener un mano a mano con ex jugador de River.
El encuentro fue en la previa entre el Real Madrid y el Borussia Dortmund, en España, ya que Michael fue becado por la mencionada fundación para participar de un curso de las escuelas del equipo de Cristiano Ronaldo.
Eran tan conmovedor el llanto de ese pequeño, sumado a esto sus palabras de aliento a Falcao, que el futbolista no pudo evitar llorar, ante ese amor de fanático, puro e ilimitado.
El nene no paraba de decirle que tenía 130 recortes sobre el "Tigre" en su casa y que no le importaba que lo tildaran de loco.
Es que Michael prácticamente se apoderó de su ídolo, captando su atención. Los otros chicos estaban "dibujados", si no hubiera sido por Radamel, que de a ratos les hacía alguna que otra pregunta.
Stiven le besaba la mano, se arrodillaba, se tapaba los ojos y cuando se sacaba las manos, se sorprendía de ver que el jugador de la Selección Colombiana no era un sueño.
El chico se mostró convencido que, en nombre de Dios, del cual Falcao es tan devoto, va a conseguir la recuperación definitiva de su pierna izquierda, operada hace poco tiempo.
El futbolista está trabajando muy duro en su recuperación para jugar el Mundial en Brasil para su país. Seguramente con su fe y el empuje de gente como su fan, delantero como él, hará realidad su sueño.
UNA NOTICIA QUE DA BRONCA: EL MALTRATO A LOS ABUELITOS
Se hizo justicia para estos abuelitos de un hogar de ancianos con problemas neurológicos y psiquiátricos en Vado Ligure, en la provincia italiana de Savona.
La Guardia di Finanza, la policía local, arrestó a 12 trabajadores sociales médicos, quienes lejos de cumplir con su deber de cuidar, sanar, brindar contención a sus pacientes, los golpeaban con puñetazos, patadas y cachetadas, además de humillarlos con gestos y palabras.
La investigación comenzó a partir de la denuncia de los familiares de los ancianos, algunos de los cuales, que vencieron el terror, les dijeron que no querían estar más allí porque "me van a matar".
Bajo el mando del fiscal adjunto de Savona, Iron John el Bautista, se colocaron cámaras en lugares estratégicos, que a lo largo de 50 días grabaron más de 100 incidentes de malos tratos.
Con tanta evidencia, el juez de instrucción Giorgi Fiorenza, ordenó la inmediata detención de las personas que estaban a cargo de los viejitos.
Nueve de ellos, por contar con el mayor número de agresiones y humillaciones, terminaron en la cárcel. Los tres restantes quedaron bajo arresto domiciliario.
Sólo cuatro de los 16 operadores del hogar, resultaron ajenos a los episodios.
Duele en el alma ver tanta agresión gratuita con gente indefensa. Sólo espero que la cárcel y el repudio generalizado haga reflexionar a esas basuras humanas, que se recibieron de trabajadores sociales y deben ejercer su tarea cuidando al prójimo, en este caso a los abuelos del geriátrico y no torturarlos como lo hicieron.
domingo, 30 de marzo de 2014
HAY QUE VOLVER A TILCARA
Así como la Selección Argentina debe volver a Tilcara para cumplir la promesa ante la Virgen de Copacabana de lograr la Copa Mundial en México 86', que se consiguió, pero nadie se acercó a agradecer, yo también tengo una deuda con ese hermoso lugar en la quebrada jujeña.
La última vez que estuve allí fue en enero de 1994.
En la década del 80' y principios de la del 90', hice algunos viajes donde pude recorrer sus calles de tierra, me dejé quemar por ese sol abrazador, en verano y en invierno, y trepé con paciencia el Pucará, para poder disfrutar desde la altura, cerca del cielo, de un paisaje único y maravilloso.
La mayoría de las veces fui con mi hermano Jaño.
Recuerdo que en un invierno, en el mes de julio, llegamos muy temprano, cuando la temperatura era bastante baja. Pero con el correr de las horas, el sol comenzó a calentar y la jornada se tornó agradable. Y nos vimos obligados a quitarnos las camperas.
En otra oportunidad, fuimos en verano y el calor era tan insoportable que mi hermano terminó sin remera.
Pese a que está prohibido tocar las esculturas, el muy vivo se hizo el enamorado de una de ellas y así lo registré, abrazándola y simulando darle un tierno beso.
Eran inolvidables esos paseos por lo divertido que es Jaño.
Sin embargo, no todo fue color de rosa en esos viajes al norte.
En un verano, que no me acuerdo el año, programamos con Jaño un viaje a Tilcara y a mí se me ocurrió llevarla a mamá. Porque ella no conocía la Quebrada de Humahuaca.
La pasamos bárbaro mientras el día estuvo radiante. Hasta que se vino una terrible tormenta y la situación se volvió muy preocupante.
La lluvia no duró demasiado. Sin embargo, a pocos kilómetros de Tilcara, a la altura de la localidad de Volcán, se produjo un alud y por precaución decidieron cortar la circulación por la ruta nacional 9.
Lo peor es que nosotros quedamos del otro lado y por ende no podíamos regresar a casa. Al menos, no de inmediato.
Del corte nos enteramos cuando volvíamos en micro y nos obligaron a bajar unos metros antes del lugar donde se había producido el alud.
Había dos posibilidades: o nos quedábamos a pasar la noche en Tilcara o nos jugábamos a caminar unos 3 o 4 kilómetros para tomar otro micro que esperaba del lado de Volcán.
Aunque sabíamos que corríamos un serio riesgo, optamos por lo segundo. Y no fuimos los únicos, porque la mayoría de la gente que viajaba en el micro, decidió caminar a la par nuestra.
Imposible poder explicar lo culpable que me sentí en ese momento. Cualquier cosa que le pudiera suceder a mi mamá, yo sería la única responsable y no me lo iba a perdonar nunca.
Esos kilómetros que tuvimos que recorrer fueron interminables.
No había escapatoria en caso de un desmoronamiento de tierra. A la derecha teníamos la montaña, donde de a ratos se veían rodar algunas piedras. Y a la izquierda, el precipicio que daba al Río Grande.
Lo que se me ocurrió en ese instante fue empezar a rezar y no paré hasta que llegamos, y pudimos subirnos al primer micro que iba en dirección a la ciudad de Jujuy.
De más está decir que nunca más invité a mi mamá a "ir al norte". Y ella tampoco, ni siquiera con mis hermanos, volvió a embarcarse en un paseo tan incierto.
En otra ocasión llevé a mi amiga Marisa Cortéz.
Fue en unas vacaciones de invierno. Yo viajé por dos semanas a ver a mi familia y ella se quedó sólo una.
Ya lo conté en otra oportunidad, pero bien vale recordar algo de ese paseo tan divertido que hicimos.
Fuimos en micro hasta Humahuaca, donde recorrimos la localidad en pocas horas. Como quería que Marisa conociera más de mi provincia, decidí llevarla a Tilcara. Pero nos encontramos con que no había ningún micro hasta la noche. Y nosotras no podíamos esperar tanto.
De modo que decidimos hacer dedo.
Allí nos sucedió una situación insólita. Nos levantó un francés muy simpático, que no hablaba español, pero que sabía algo de inglés, y en medio de la Quebrada iba escuchando el Bolero de Ravel.
Más insólito que eso, imposible. Encima el francés, se quedó prendado de mi amiga y tuvieron después un breve romance.
¿Habrá tenido que ver la magia de Tilcara?. Vaya uno a saber.
Donde la magia no se hizo presente, fue en mi último viaje, hace algo más de 20 años.
Yo acababa de sufrir la desilusión amorosa más triste de mi vida y me fui dos días a llorar. A dejar mis lágrimas en la montaña, para volver renovada y dispuesta a empezar de nuevo.
En lo alto del Pucará del Tilcara, el mismo lugar donde antes había disfrutado del más bello de los paisajes, tomé la decisión extrema de no enamorarme nunca más.
No fue nada fácil romper con los sueños de cualquier mujer, de encontrar a alguien, casarse, tener hijos. En definitiva, armar una familia.
Sin embargo, a duras penas, lo conseguí y siento no haberme equivocado.
Cuando la vida te ofrece amores no correspondidos, es porque algo está fallando. Como siento que quien falla soy yo y sin saber cuál es el motivo, es que creí que lo mejor era cortar por lo sano. Y santo remedio.
Ahora sí, sin nadie para llorar, pero feliz por haber aprendido a disfrutar de mi soledad, es que me debo un retorno a Tilcara.
Y hasta podría pasar por la Virgen de Copacabana, simplemente para agradecerle estar viva.
La última vez que estuve allí fue en enero de 1994.
En la década del 80' y principios de la del 90', hice algunos viajes donde pude recorrer sus calles de tierra, me dejé quemar por ese sol abrazador, en verano y en invierno, y trepé con paciencia el Pucará, para poder disfrutar desde la altura, cerca del cielo, de un paisaje único y maravilloso.
La mayoría de las veces fui con mi hermano Jaño.
Recuerdo que en un invierno, en el mes de julio, llegamos muy temprano, cuando la temperatura era bastante baja. Pero con el correr de las horas, el sol comenzó a calentar y la jornada se tornó agradable. Y nos vimos obligados a quitarnos las camperas.
En otra oportunidad, fuimos en verano y el calor era tan insoportable que mi hermano terminó sin remera.
Pese a que está prohibido tocar las esculturas, el muy vivo se hizo el enamorado de una de ellas y así lo registré, abrazándola y simulando darle un tierno beso.
Eran inolvidables esos paseos por lo divertido que es Jaño.
Sin embargo, no todo fue color de rosa en esos viajes al norte.
En un verano, que no me acuerdo el año, programamos con Jaño un viaje a Tilcara y a mí se me ocurrió llevarla a mamá. Porque ella no conocía la Quebrada de Humahuaca.
La pasamos bárbaro mientras el día estuvo radiante. Hasta que se vino una terrible tormenta y la situación se volvió muy preocupante.
La lluvia no duró demasiado. Sin embargo, a pocos kilómetros de Tilcara, a la altura de la localidad de Volcán, se produjo un alud y por precaución decidieron cortar la circulación por la ruta nacional 9.
Lo peor es que nosotros quedamos del otro lado y por ende no podíamos regresar a casa. Al menos, no de inmediato.
Del corte nos enteramos cuando volvíamos en micro y nos obligaron a bajar unos metros antes del lugar donde se había producido el alud.
Había dos posibilidades: o nos quedábamos a pasar la noche en Tilcara o nos jugábamos a caminar unos 3 o 4 kilómetros para tomar otro micro que esperaba del lado de Volcán.
Aunque sabíamos que corríamos un serio riesgo, optamos por lo segundo. Y no fuimos los únicos, porque la mayoría de la gente que viajaba en el micro, decidió caminar a la par nuestra.
Imposible poder explicar lo culpable que me sentí en ese momento. Cualquier cosa que le pudiera suceder a mi mamá, yo sería la única responsable y no me lo iba a perdonar nunca.
Esos kilómetros que tuvimos que recorrer fueron interminables.
No había escapatoria en caso de un desmoronamiento de tierra. A la derecha teníamos la montaña, donde de a ratos se veían rodar algunas piedras. Y a la izquierda, el precipicio que daba al Río Grande.
Lo que se me ocurrió en ese instante fue empezar a rezar y no paré hasta que llegamos, y pudimos subirnos al primer micro que iba en dirección a la ciudad de Jujuy.
De más está decir que nunca más invité a mi mamá a "ir al norte". Y ella tampoco, ni siquiera con mis hermanos, volvió a embarcarse en un paseo tan incierto.
En otra ocasión llevé a mi amiga Marisa Cortéz.
Fue en unas vacaciones de invierno. Yo viajé por dos semanas a ver a mi familia y ella se quedó sólo una.
Ya lo conté en otra oportunidad, pero bien vale recordar algo de ese paseo tan divertido que hicimos.
Fuimos en micro hasta Humahuaca, donde recorrimos la localidad en pocas horas. Como quería que Marisa conociera más de mi provincia, decidí llevarla a Tilcara. Pero nos encontramos con que no había ningún micro hasta la noche. Y nosotras no podíamos esperar tanto.
De modo que decidimos hacer dedo.
Allí nos sucedió una situación insólita. Nos levantó un francés muy simpático, que no hablaba español, pero que sabía algo de inglés, y en medio de la Quebrada iba escuchando el Bolero de Ravel.
Más insólito que eso, imposible. Encima el francés, se quedó prendado de mi amiga y tuvieron después un breve romance.
¿Habrá tenido que ver la magia de Tilcara?. Vaya uno a saber.
Donde la magia no se hizo presente, fue en mi último viaje, hace algo más de 20 años.
Yo acababa de sufrir la desilusión amorosa más triste de mi vida y me fui dos días a llorar. A dejar mis lágrimas en la montaña, para volver renovada y dispuesta a empezar de nuevo.
En lo alto del Pucará del Tilcara, el mismo lugar donde antes había disfrutado del más bello de los paisajes, tomé la decisión extrema de no enamorarme nunca más.
No fue nada fácil romper con los sueños de cualquier mujer, de encontrar a alguien, casarse, tener hijos. En definitiva, armar una familia.
Sin embargo, a duras penas, lo conseguí y siento no haberme equivocado.
Cuando la vida te ofrece amores no correspondidos, es porque algo está fallando. Como siento que quien falla soy yo y sin saber cuál es el motivo, es que creí que lo mejor era cortar por lo sano. Y santo remedio.
Ahora sí, sin nadie para llorar, pero feliz por haber aprendido a disfrutar de mi soledad, es que me debo un retorno a Tilcara.
Y hasta podría pasar por la Virgen de Copacabana, simplemente para agradecerle estar viva.
domingo, 16 de marzo de 2014
TEMPORAL EN BUENOS AIRES
Cómo será de monótona mi vida últimamente, que lo más extraordinario que encontré para publicar en mi blog, después de más de un mes de silencio, fue la lluvia torrencial que cayó en la ciudad de Buenos Aires el 14 de marzo.
Tampoco había mucho para decir.
Sólo fui registrando con mi cámara, el recorrido del taxi desde Canal 9 hasta mi casa.
En los videos se escuchaba la radio del taxi y de a ratos, mis palabras, porque iba hablando por teléfono con mi mamá.
Además de la lluvia que caía como si fueran baldazos, lo más sobresaliente fue lo caro que me salió el viaje. Nos encontramos con varios cortes por calles anegadas y por ese motivo, con largas colas de vehículos en las zonas donde el agua se escurría con mayor facilidad.
Tampoco había mucho para decir.
Sólo fui registrando con mi cámara, el recorrido del taxi desde Canal 9 hasta mi casa.
En los videos se escuchaba la radio del taxi y de a ratos, mis palabras, porque iba hablando por teléfono con mi mamá.
Además de la lluvia que caía como si fueran baldazos, lo más sobresaliente fue lo caro que me salió el viaje. Nos encontramos con varios cortes por calles anegadas y por ese motivo, con largas colas de vehículos en las zonas donde el agua se escurría con mayor facilidad.
miércoles, 22 de enero de 2014
EN LA JUNGLA...PERO EN LA CIUDAD: ÚNICA EN EL EDIFICIO SIN LUZ
No hay nada peor que estar en una ciudad con las comodidades necesarias a mano, con una vista fantástica desde un décimo piso y a 20 cuadras del Obelisco, y que te falte algo esencial como lo es la electricidad.
En estos momentos, sería algo normal, por los cortes reiterados en distintos puntos de la ciudad de Buenos Aires, debido a la sobrecarga de uso energético.
Pero a mí me sucedió hace unos siete años, en el mes de septiembre, donde el gasto de electricidad no era demasiado. Y la particularidad era que en el edificio, yo era la única que no tenía luz.
Nunca me sentí tan repudiada por el portero, aunque no me lo dijera de forma directa, que en esa oportunidad.
Más allá de que fuera verdad que se me cortaba la luz a cualquier hora del día, creo que en el fondo pensaba que yo estaba un poco loca. Que rompía la instalación eléctrica y que después salía a pedirle, con total falta de culpa, que me recomiende un nuevo electricista.
La primera vez que me di cuenta que la falta de luz sólo la tenía yo, fue cuando en mi penumbra, advertí un reflejo por debajo de la puerta y escuché el ruido del ascensor. Salí al palier y no sólo funcionaba el ascensor, sino también todas las luces de los departamentos y del resto del edificio.
Me sentí como se debe sentir alguien que no pagó la factura y en consecuencia está obligado a padecer el corte del suministro.
Yo estaba al día con las facturas. El problema no era la falta de pago.
Los cortes comenzaron de manera esporádica y siempre que yo estaba en casa. Pero con el paso de los días, unos dos meses aproximadamente, se produjeron a cualquier hora, hasta que llegó el corte total.
No recuerdo si fueron cinco o seis los electricistas que pasaron por mi casa, arreglando lo que el anterior había arreglado.
Cada uno tenía un diagnóstico equivocado. Sin embargo, todos me cobraban como si el inconveniente se hubiera solucionado.
El primer electricista me hizo cambiar los fusibles por una caja de electricidad más moderna. Sin embargo, unas horas más tarde, los cortes intermitentes volvieron.
La vez siguiente, la misma persona cambió la caja de electricidad, que corresponde a mi departamento, que está en el sótano. Como tampoco funcionó, decidí optar por un nuevo profesional.
Todos los que venían hacían lo mismo: revisaban la caja flamante de casa, después se ponían en cuatro patas para controlar todos los enchufes y alargues, que se encontraban en perfectas condiciones, según sus propias palabras. Y luego me pedían ir al sótano para revisar la caja, ante la cara cada vez de menos amigos del portero, que tenía que abrirles la puerta y acompañarlos.
La próxima vez llamé a la administradora del edificio y le pedí que me recomendara a una persona de su confianza. Sobre todo para aliviar el mal humor del encargado hacia mí.
La administradora me envió a un señor mayor, muy respetuoso, pero lo único que hizo fue revisar todo lo que revisaron los anteriores, pero sin encontrarle ninguna solución al problema.
En esa instancia, yo ya estaba desconcertada, hastiada y muy angustiada de vivir como si estuviera en un campamento.
Mientras mis vecinos tenían luz, miraban televisión, guardaban sus alimentos en sus heladeras, usaban sus computadoras y cargaban sus celulares, yo tenía que arreglármelas como si viviera en la Edad Media.
Sólo me faltaban los candelabros y un vampiro para sentirme como si estuviera hospedada en el castillo de Drácula.
Era horrible ver desde mi balcón a oscuras a una ciudad iluminada. Me sentía pésimo.
Cuando volvía del canal, bajaba todos los días del colectivo en una estación de servicio. Allí me compraba bolsas y bolsas de rolitos para conservar la carne de mis gatos y algunos lácteos para mí.
Después en casa, aprovechaba lo que más podía la luz natural y en la noche, era el momento de recurrir a las velas y a la linterna para iluminarme.
Gastaba en pilas chicas a lo loca, al usar un televisor portátil que hasta ese momento tenía guardado en un cajón.
A la computadora la cargaba durante la tarde, gracias a un alargue que enchufaba en el cuartito de la basura. Lo mismo hacía con el teléfono celular. Y después de bañarme a la luz de una vela, me maquillaba en el espejo del ascensor.
Así de rudimentaria era mi vida sin electricidad.
Estaba cansada de pagar y pagar en vano a tantos electricistas que sólo se llevaban mi dinero.
Por eso, por unos días suspendí el llamado a nuevos electricistas. Ya no confiaba en ninguno.
Me quedé a oscuras, vencida, con las manos atadas, a la espera de salir de la tristeza para volver a intentar la búsqueda de una persona que le encuentre una explicación y por supuesto una solución al problema.
Después de ese "retiro espiritual", opté por volver a llamar a la administradora para que me envíe a su electricista. Era al menos el que me había cobrado más barato y más interés había demostrado por hallar la causa de la falta de luz.
Un rato antes de su llegada, me llamó la administradora para decirme que el electricista había sufrido una indisposición de salud y que en su lugar vendría el suplente.
Cuando bajé a abrirle la puerta, me encontré con un chico de no más de 23 años.
Lo primero que pensé fue: "otro más para el fracaso...sólo que un poco más joven".
Pero el chico le hizo honor a su tarea: "fue una luz".
Como todos los demás, miró la caja de casa. Luego de escuchar mi relato acerca de todo lo realizado por los anteriores electricistas, lejos de pedirme que le enseñe los enchufes y alargues, me dijo que lo llevara al sótano, porque creía saber el porqué de los cortes.
Bajamos con el portero y el joven maravilla descubrió lo que ninguno había advertido.
En el sector donde estaba la caja que correspondía a mi departamento, había una gotera, que terminó por herrumbrar todo el cableado hasta volverlo inservible.
En ese instante el portero me miró, como pidiéndome disculpas por la bronca que a su entender, yo le había ocasionado en esos casi 60 días.
Como el departamento de la planta baja que daba al sector de las cajas estaba vacío, nadie sabía de la pérdida de agua. Ni siquiera el portero.
El joven electricista dijo que era necesario un cambio total del cableado hasta mi departamento en el décimo piso.
Le pregunté si yo tenía que hacerme cargo de ese arreglo. Me respondió que no, que le correspondía a la administración del edificio.
Se comunicó de inmediato con la administradora para contarle lo sucedido. Le pidió a la mujer que solucione lo antes posible la pérdida de agua y le explicó cuáles serían sus próximos pasos, que incluían ponerle un techito a la caja de electricidad de mi departamento, a fin de evitar el acceso de más humedad.
La suerte estaba cambiando a mi favor. Dado que venía de un arreglo importante en otro edificio, llevaba en su vehículo la cantidad de cable necesario para realizar su trabajo.
Con la colaboración del portero, procedió al retiro de los cables viejos y a la colocación de los nuevos.
Luego de una hora de espera en casa, escuché el motor de la heladera y corrí a prender la luz de la cocina.
"¡Milagro, milagro!!!", ¿qué más podía gritar con tantos días de angustia?.
Conmovida, bajé urgente a felicitar y a agradecerle al electricista por su extraordinario desempeño.
Es que no sólo me había devuelto la electricidad. Me había devuelto una vida normal, que no es poco.
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